domingo, 23 de diciembre de 2018

Navidad, dos nacimientos

Hago este inciso con motivo de la Navidad. ¡Felices fiestas a todos los que visitéis este blog!


Esta semana de fiestas brilla en torno a una idea: nacimiento. Navidad, natividad, nacer, luz, vida. El nacimiento de un niño es fiesta en una familia, porque cambia su historia. El nacimiento de Dios es fiesta en la gran familia de la Iglesia, porque también significó un giro en la historia de la humanidad.

Este nacimiento que cambió la historia, sin embargo, no es recogido en ningún manual de historia. No se estudia en las asignaturas académicas, fuera de la teología. No merece un lugar en las crónicas oficiales. Si lo sacamos del ámbito religioso, Jesús no ocupa un lugar entre los grandes personajes históricos.

Realmente, su nacimiento fue un evento humilde, que pasó desapercibido por muchos. Los evangelios de la infancia, donde se mezcla lo real con el relato pedagógico ―midrash―  nos dicen que los únicos que se enteraron fueron gentes muy marginales: unos pastores, un anciano devoto en el templo, una anciana profetisa y unos magos algo despistados venidos de Oriente. Excepto Simeón y Ana, de los demás ni siquiera se consignan los nombres.

Obreros marginados, ancianos llenos de esperanza y científicos extranjeros en busca de la verdad. Estos son los que reciben el mensaje, los que tienen la mente y el corazón abiertos para comprender que Dios viene a la tierra, no en medio de un escenario espectacular, sino en la sencillez de lo cotidiano, incluso de lo pobre.

¡Este es el estilo de Dios! Cuando se hace uno de nosotros, no elige hacerse como un líder o un famoso, sino como uno más, de la mayoría. Y la mayoría, hace dos mil años, era una humanidad superviviente, campesina, a menudo oprimida y acostumbrada a la precariedad. Dios se encarna así. Un niño, un joven, un hombre de pueblo.

Escena del nacimiento, del film Nativity.


Dos nacimientos


Podríamos comparar, en la Biblia, los nacimientos de dos grandes figuras para entender mejor cómo actúa Dios en la historia humana. Tomemos a Moisés, el salvador del Antiguo Testamento, con Jesús, el salvador del Nuevo Testamento. Moisés es la figura clave sobre la que descansan la ley de Dios y las profecías, es el enviado, amigo de Dios, que libera al pueblo esclavizado en Egipto y lo lleva a la tierra prometida. Jesús es el cumplimiento de las profecías: es más que el enviado de Dios: es Dios mismo vivo entre su gente, viene a liberar al pueblo de la esclavitud del mal y le abre las puertas de otra tierra prometida que no tiene fronteras: el reino del cielo.

Moisés y Jesús son dos niños que nacen con una misión enorme: liberar y salvar a la gente oprimida. Sus nacimientos son humildes y en condiciones precarias. Uno nace entre los esclavos hebreos, sometidos en Egipto. El otro nace en el seno de una humilde familia de Nazaret, en un reino sometido al imperio romano. Pero los dos pertenecen a dos linajes que para Israel eran importantes: uno es de la tribu de Leví, la de los sacerdotes; Jesús pertenece a la estirpe de David, el rey emblemático.

El nacimiento de estos niños se ve envuelto en peligros y amenazas. Moisés, según órdenes del faraón, debe morir, como todos los niños varones nacidos de mujeres hebreas. Jesús también debe morir, por orden del rey Herodes, que manda matar a los recién nacidos en Belén para eliminar un posible rival a su trono. Moisés escapa de la muerte por la astucia y la rebeldía silenciosa de su madre y la princesa, hija del faraón. Jesús escapa de la muerte por la intervención de un ángel y la prudencia de José, que huye con su familia a Egipto. Parece que los poderosos del mundo se conjuran para echar por tierra los planes de Dios… pero Dios se vale de los pequeños, los que aparentemente nada pueden ―mujeres, hombres de pueblo― para salirse con la suya. Los dos niños viven, y crecen. Cuando se hagan adultos, podrán emprender su misión.

Moisés salvado de las aguas, según el pintor Gentileschi (Museo del Prado)

Belleza


El Éxodo nos dice que cuando la madre de Moisés ve a su hijo lo encuentra hermoso, se conmueve y decide salvarlo. La expresión empleada es la misma que aparece en el Génesis, cuando Dios va creando el mundo y ve que todo “es bueno”, o hermoso. La palabra es la misma. Hay belleza y bondad en la obra de Dios.

Los evangelios de la infancia nada nos dicen de María y sus sentimientos, pero podemos imaginar qué debió experimentar María al ver a su hijo recién nacido y acogerlo en su seno. Hay un hermoso escrito de Sartre que imagina la escena con estas palabras:

«Este Dios es mi niño. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí... Y ninguna mujer, jamás, ha disfrutado así de su Dios, para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede estrechar entre los brazos y cubrir de besos. Un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que sonríe». Jean Paul Sartre, Barioná, el hijo del trueno (1940).

Sin embargo, los evangelios nos muestran la belleza de este momento en el coro de ángeles que cantan en el cielo y en la actitud de los pastores, que se maravillan y vuelven cantando alabanzas del niño. Sin duda han contemplado algo muy hermoso, algo que les ha tocado el corazón y que les dice que en aquel niño hay mucho más que lo que ven con los ojos físicos.

Los últimos papas, sobre todo Juan Pablo II y Benedicto XVI, nos han hablado mucho sobre la belleza como lenguaje de Dios. Así es. Dios puede actuar con sencillez, con estilo humilde y en lo más cotidiano. Pero su actuación no está nunca exenta de belleza. Es una hermosura que brilla por sí misma, porque es algo “bueno”, como la creación. Pero se necesita un corazón limpio para poder apreciarla; un corazón limpio como el de una madre, el de un carpintero, el de unos pastores o el de un anciano sabio que se arrodilla ante el misterio y se atreve a confiar en Dios.


domingo, 9 de diciembre de 2018

Job I - ¿Existe la justicia divina?


En los ambientes cristianos se ha hecho proverbial la paciencia del santo Job. Se suelen citar frases de este libro para ilustrar al hombre justo, bueno y dócil, que sufre toda clase de desgracias sin rebelarse contra su destino, aceptando la voluntad de Dios. «Dios me lo dio, Dios me lo quitó, ¡loada sea su voluntad!».

Pero una lectura del libro completo, yendo más allá del comienzo y de las típicas frases que ya conocemos, nos va a mostrar un panorama muy diferente. Y quizás desconcertante. Porque Job, como veremos, no es un hombre paciente y sumiso. No es un modelo de docilidad. Job sufre, Job mira el mal cara a cara, el mal injusto, el mal inicuo, el dolor inmerecido, y se rebela. Job es el hombre que clama ante el cielo y lleva a juicio al mismo Dios.

El libro de Job es tremendamente existencialista. Y es audaz. Es valiente y sincero. Toca fondo y no rechaza abordar los interrogantes más profundos sobre el hombre y sobre Dios. Job es el hombre que no se contenta con respuestas fáciles. No acepta remedios light. No quiere explicaciones sencillas, ni lógicas razonables. Job se atreve a asomarse al abismo. Y se topa con su propio misterio, el misterio del mal y el misterio insondable de Dios.

Una estructura literaria simétrica


El libro de Job se enmarca entre un prólogo y una  conclusión que forman parte del relato que conocemos ―el hombre justo que lo pierde todo, salvo la vida, sufre hasta el límite y finalmente lo recupera todo con creces―. En medio se despliega un diálogo grandioso, con momentos de tensión y versos de gran lirismo y tintes épicos.

El prólogo o introducción explica su historia y el origen de sus desgracias. Siguen tres diálogos de Job con sus tres amigos. En cada diálogo, Job debate con los amigos, uno tras otro. Ellos exponen sus argumentos, Job se los rebate y luego clama ante Dios. Finalmente, aparece un quinto personaje, Elihú, que inicia cuatro discursos ante Dios y ante Job. A continuación siguen los cuatro últimos discursos, dos de Dios y dos de Job. Finalmente, encontramos la coletilla o epílogo que enlaza con el prólogo. Es la conclusión del nudo que se ató al principio, y que se resuelve aquí.

Literariamente hablando, es una estructura simétrica, compleja y perfecta. Y la fuerza de sus versos, su expresividad y su calidad dramática hacen de este libro uno de los más densos, profundos e impactantes de toda la Biblia.

Una dura prueba, un final feliz


En el prólogo se nos explica cómo Dios y Satán observan a Job desde el cielo. ¿Quién es Satán? La profesora Hayes explica que no responde al concepto del demonio, tal como lo entendemos hoy en clave cristiana. «El Satán», así, tal como aparece en este libro, es una especie de fiscal acusador, un miembro del consejo de ministros de Dios. Está al servicio de su Señor, y su función es poner a prueba la integridad de Job.

Dios alaba la justicia y la bondad de Job, su fe y su piedad. Pero Satán lo cuestiona: Job es bueno porque lo tiene todo: salud, dinero, amor, familia… Todo le va bien en la vida, ¡es fácil ser bueno así! ¿Y si le quitas todo lo que tiene? Dios le permite quitárselo todo.

Y Job, privado de su riqueza, viendo cómo sus hijos mueren y su patrimonio se diluye, se mantiene fiel. Aquí es donde pronuncia la famosa sentencia: «Desnudo vine del vientre de mi madre al mundo; desnudo he de volver. Dios da y Dios quita, sea bendito su nombre» (Job 1, 21).

Satán da una vuelta más de tuerca. Bien, le hemos quitado todo lo que tenía. Pero conserva la salud, la vida, la fuerza. ¿Y si le quitamos también eso? Dios le permite quitarle la salud, pero no la vida.

Y Job cae con una enfermedad espantosa e incurable, que le produce llagas y sufrimientos atroces. Hasta su mujer lo deja por imposible y lo increpa. ¡Muérete de una vez!, le viene a decir. Job aguanta. «En todo esto, Job no pecó con sus labios ni recriminó nada a Dios…». Ahora bien, podemos preguntarnos: en su interior, ¿lanzó alguna acusación a Dios?

Si nos saltáramos los diálogos que siguen y fuéramos a la conclusión del relato tendríamos la historia perfecta: Job es recompensado por tanta paciencia y lealtad a Dios y, finalmente, todos sus bienes y su salud le son restablecidos, y aún más que antes. Es el premio a su fidelidad. Punto final, y final feliz.

Pero… esa no es toda la historia. Los biblistas coinciden en que el prólogo y el final de Job son añadidos a un núcleo duro que es la médula y el corazón del relato. Son los tres diálogos y los discursos finales donde se despliega el argumento principal de este libro. Y no es una historia bonita, sino un drama con tintes trágicos en el que todos, en algún momento de nuestra vida, nos podemos reconocer.



¿Es Dios justo?


El primer ciclo de diálogos acaba cuestionando la justicia de Dios y la mentalidad retributiva: es decir, aquello que siembres cosecharás. Si eres bueno, tendrás premio, si obras mal, serás castigado. Muchos de nosotros, desde niños, fuimos aleccionados en esta doctrina. También es propia de otras religiones e incluso en el mero plano ético y filosófico. Parece lógico que el justo reciba su recompensa… Pero no es esto lo que nos dice Job. Este sistema falla, y él es la prueba viviente.

El primer amigo, Elifaz, es un defensor de la doctrina retributiva: «¿No has puesto tu confianza en la piedad, y tu esperanza en una vida íntegra? ¿Qué inocente se ha perdido jamás? ¿Dónde se ha visto que los justos sean exterminados? Tal como he visto: quienes labran la miseria y siembran el dolor, eso recogen» (Job 4, 7-9). Y si el hombre justo es castigado, es porque algo tiene que aprender: «Feliz el hombre al que Dios corrige, ¡no desdeñes la lección del Poderoso!» (Job 6, 37).

Job replica desde un dolor insoportable, tanto que no le valen discursos ni razonamientos: «Tengo plantadas en mí las flechas del Todopoderoso, y mi espíritu sorbe su veneno. El terror de Dios me cubre y ni alma no encuentra el sosiego» (Job 6, 4-7). Pero, además, él es un hombre bueno, que no ha hecho ningún mal, no merece castigo: «¡Qué gratos son vuestros discursos equitativos! Pero ¿qué quieren atacar vuestras críticas? ¿Pretendéis censurar unas palabras, expresiones de desespero que se lleva el viento?  ¡Atacáis a un hombre íntegro y os cebáis contra vuestro amigo!… ¿Hay injusticia en mi lengua, o mi paladar no distingue las palabras? (Job 6, 25-30)



Bildad, el segundo amigo, echa mano del optimismo fácil: reprocha a Job sus lamentos y lo invita a tener esperanza, pues «tu antigua condición te parecerá nada vista la prosperidad que te espera» (Job 8, 7). «Dios no rechaza al hombre íntegro ni defiende a los que obran el mal. La risa llenará tu boca de nuevo, el gozo florecerá en tus labios y tus enemigos serán cubiertos de oprobio, la tienda de los impíos desaparecerá» (Job 8, 20-22). Esta es la filosofía de buena parte de los salmos y los proverbios. Confía en Dios y él te defenderá.

Pero Job replica que no puede fiarse de la justicia divina porque, ¿quién es el hombre para saber lo que piensa Dios? ¿Acaso podemos adivinar sus designios? Job es consciente de la grandeza de Dios, que «hace cosas grandes, insondables, y maravillas sin número» (Job 9, 10), pero este mismo Dios se hace esquivo e inabarcable: «Si quiere tomar nada, ¿quién se le puede resistir? ¿Quién se atreve a decirle: “¿Qué haces?” Dios no pone freno a su ira… Aunque tuviera razón, no me podría defender. Si grito, no me responde, y estoy convencido de que me oye. Él, que me espía desde la tormenta y multiplica mis heridas sin razón, ¡que no me deja ni tomar aliento y me colma de amargura!... Justo o culpable, ¡él todo lo mata! Y si no es él, ¿quién es?» (Job 9, 12-24). Aquí encontramos una imagen de Dios lejos de las estampas infantiles: es el Dios terrible, el Dios que está en una tremenda desigualdad con el hombre. Es tan grande y poderoso que el ser humano nada puede ante él.

Job, sin embargo, es atrevido. Su dolor lo impulsa a presentar una denuncia ante Dios, porque se siente condenado sin ser culpable: «¡Estoy harto de vivir! Presentaré ante él mi queja. Quiero decir a Dios: No me condenes, ¡dime por qué me has declarado la guerra! ¿Es un bien para ti que me hagas violencia, que rechaces la obra de tus manos?... Y sabes bien que yo no soy culpable, que no he cometido ninguna obra pérfida» (Job 10, 1-7).

Job reconoce que su vida es obra de Dios, pero su vida ahora es tan dolorosa que reniega de esta existencia tan triste. Su reacción es muy natural, podemos reconocerla en aquellos que sufren tanto que prefieren morir. «Tus manos me han modelado y me han hecho, ¿ahora quieres destruirme? ¿Me amasaste como arcilla y me harás volver al polvo? ¿Me vestiste de piel y carne y me tejiste de huesos y nervios? ¿Me infundiste la vida y velaste por mi aliento con solicitud? Pero te guardabas esto, escondido en tu corazón: si pecaba, me vigilabas sin pasarme ninguna falta: si era culpable, ¡pobre de mí! Y si era justo, ¡no podía ni alzar la cabeza!» (Job 10, 8-15). Es otra denuncia ante Dios. Si nos has creado, ¿por qué permites que suframos? ¿O es que nos has creado para que seamos tus esclavos, castigados si nos portamos mal, oprimidos si obramos bien? ¿Es Dios un tirano que juega con nosotros?

Sofar, el tercer amigo, queda escandalizado y reprueba a Job sus quejas y denuncias a Dios. Lo considera un insensato: «¿Pretendes descubrir el fondo de Dios, y llegar hasta el final del Todopoderoso?... Pero ojalá Dios hablase y abriese la boca para responderte, y te desvelara los secretos de la sabiduría, que son maravillas de la inteligencia. Es más alta que el cielo, ¿qué haces tú? Más profunda que el país de los muertos, ¿qué sabes tú?... Es él quien conoce a la gente perdida, ve la iniquidad y la observa» (Job 11, 9-11). Sofar, como Bildad, invita a Job a ser paciente y a esperar en la bondad de Dios.

Job replica también a este amigo bienintencionado: «¡Con vosotros morirá la sabiduría!... El que invoca a Dios y lo escucha, el hombre justo, ha sido la burla y el oprobio de los demás. A los íntegros les caen las desgracias, el feliz desprecia el tiempo y su pie llega al fin de su viaje. Las casas de los rufianes están en paz y los que irritan a Dios viven seguros, pensando que tienen a Dios en el bolsillo» (Job 12, 2-6).

De nuevo derrumba la tesis de la justicia retributiva: a muchas personas buenas les acaece toda clase de males, mientras que muchos granujas prosperan y son felices. Dios permite todo esto. Por eso, Job reitera su demanda: «Tengo ganas de pleitear contra Dios, ¡vosotros no sois más que unos charlatanes, médicos de fantasías todos! Si al menos callaseis de una vez, os contaría este silencio como sabiduría. Escuchad los agravios de mi boca y las razones de mis labios, ¿creéis que vais a defender a Dios con un lenguaje injusto, y que vais a defender su causa con mentiras?... Callad ante mí y dejadme hablar, ¡que me suceda lo que quiera! Tomo mi carne entre mis dientes y mi vida en mis propias manos. Aunque me mate, yo seguiré esperando y defenderé ante él mi conducta» (Job 12, 4-7. 13-15)

Al final de este diálogo, Job expresa su angustia existencial ante la muerte y la aniquilación. El hombre sediento de vida anhela, también, que esta dure para siempre y no perezca. En su reproche hay un enojo porque la vida es perecedera.

«El árbol conserva una esperanza, si lo talan, vuelve a brotar… Pero el hombre, si muere, queda inerte, ¿dónde está un ser humano cuando expira? Hasta que se gaste el cielo no despertará… ¡Oh, si me escondieras en el país de los muertos hasta que pase la ira, si fijaras un plazo para pensar en mí! ¡Oh, si un hombre, una vez muerto, pudiera volver a vivir! … Pero una montaña que cae se deshace, una roca cambia de lugar, las piedras las erosiona el agua, sus torrentes se llevan la tierra. Así destruyes la esperanza del mortal y el hombre yace para no volver a levantarse; naufraga para siempre y se va, lo desfiguras y lo despides. Si sus hijos son honrados, no lo sabrá; si son poca cosa, no pensará en ello; no sufre sino por sí mismo, y es por sí solo que se lamenta» (Job 14, 7-22).



Vemos en este primer diálogo un intento, por parte de los amigos, de explicar la conducta de Dios y justificarla. Quieren dar una imagen de Dios accesible y razonable. La réplica, por parte de Job, nos dice que es imposible entender a Dios, conocer sus planes y predecir sus designios. Es tan grande e inabarcable que no se puede nada contra él. Pero él, Job, lo va a demandar porque ha cometido dos injusticias contra el hombre, a su ver: castigar a un justo (devolver mal por bien) y haber creado una vida perecedera (si nos das la vida, ¿por qué luego la quitas?). Job expresa dos rebeliones impresas en la psique humana: la indignación ante el mal injusto y ante la muerte como final definitivo.

La justicia de Dios y la justicia humana


Comienza un segundo diálogo donde los tres amigos vuelven a intervenir.

Elifaz, siempre defendiendo la noción de justicia como premio-castigo, recrimina a Job que intente juzgar a Dios y dirigir contra él su ira. El ser humano no es quién para enfrentarse a su creador: «Tu boca te condena, no yo, y tus labios dan testimonio contra ti. ¿Qué es el hombre, para ser puro, y para ser justo? Dios no confía en sus santos ni el cielo es puro a sus ojos, ¿qué no será del tarado y corrupto, del hombre que bebe la injusticia como agua? Quiero instruirte, escúchame, y te contaré lo que he visto… La vida del impío es un tormento continuo… Ha extendido la mano contra Dios y se atreve a desafiarlo… Su fortuna no se mantiene y el viento se lleva su fruto…» (Job 15, 13-16. 17-20. 25. 28-30)

Job replica. ¡Es fácil hablar así cuando uno está bien! También él podría soltar discursos similares. Pero desde el dolor inhumano, la realidad se ve de otra manera. «¡Sois todos unos consoladores molestos! ¿No acabarán nunca, esas palabras de viento? También yo podría hablar como vosotros si estuvierais en mi caso; y os ofrecería discursos deslumbradores, os daría consuelo con la boca, coraje con los labios. Si hablo, no cede mi dolor, si callo, ¿acaso se va de mí?» (Job 16, 2-6).



De nuevo Job expresa su sufrimiento y reclama justicia de Dios, insistiendo en su inocencia: «Dios me ha entregado en manos de bribones, me ha lanzado entre los impíos. Estaba tranquilo, me ha agarrado por el cuello y me ha destrozado. Me ha plantado como un hito y las flechas vuelan sobre mí, me traspasa las entrañas sin piedad…» (Job 16, 11-13). «¡Oh tierra, no cubras mi sangre, y que nada detenga su clamor! Pues tengo en el cielo a mi testigo, mi defensor habita en lo alto. Las lágrimas resbalan por mi rostro ante Dios. Que mi defensor haga de árbitro entre el hombre y Dios » (Job 16, 18-21).

El segundo amigo, Bildad, insiste en el mal destino que aguarda al hombre injusto, reforzando la doctrina de la retribución: «El justo se mantiene firme en su camino, y el de manos puras se refuerza… También la luz de los impíos se apaga y no brilla la llama de su hogar… El mal le devora la piel y los miembros… Lo arranca de su tienda confortable y lo arrastra hacia el reino de terrores… Su recuerdo desaparecerá del país y jamás se hablará de él en las calles. Empujado de la luz a las tinieblas, se ve arrojado fuera del mundo… Ningún otro destino aguarda al injusto, al hogar del que no conoce a Dios» (Job 17, 9; Job 18, 5. 13-14. 17-18. 21)

Job responde desesperado: sí, Dios lo acosa y lo castiga, y ya no puede resistirlo más: «Dios comete un agravio contra mí: me rodea con su alambrada, si grito “violencia” no me responde, si pido auxilio, nadie me hace justicia. Me ha barrado el camino, para que no pase. Ha cubierto de tinieblas mi camino, me ha despojado de mis galas y me ha quitado la corona de la frente; me golpea por todas partes, y debo marchar. Arranca, como un árbol, mi esperanza, su ira se ha encendido contra mí y me considera su gran enemigo» (Job 19, 6-11). ¿Qué puede hacer un hombre contra Dios, si este lo ataca?

No le queda otra cosa que pedir clemencia: «Tened piedad, piedad de mí, amigos míos, ¡ya que es la mano de Dios la que me ha tocado! ¿Por qué me perseguís como carneros y no tenéis bastante con mi carne? ¡Ojalá mis palabras fueran escritas y grabadas en su libro, con estilete de hierro y plomo, talladas en la roca para siempre! Pero ya sé que mi vengador vive, y que él es siempre el último sobre el polvo…» (Job 21-25)

¡Médicos de fantasías! Consoladores molestos... 
¿Vais a defender a Dios con la mentira?


Sofar no hace más que parafrasear y ampliar el discurso de Bildad: el injusto acabará mal, recibirá su castigo: «Aumenta sus ganancias pero no está alegre, sus negocios crecen y no está satisfecho, porque asfixia a los humildes con su salario y roba la casa que no edificó. No está tranquilo con sus ídolos ni sus tesoros lo pueden salvar. En la cima de su esplendor pasa miseria y el desastre, con toda su furia, lo sorprende. Dios vuelca sobre él su ira ardiente y hace llover sobre él su cólera…» (Job 20, 18-23) ¿No suenan estas frases a cierto discurso contra los ricos y poderosos que corre por el mundo? A menudo las gentes de a pie nos consolamos pensando que los ricos no son felices, que un día “les tocará” vivir desgracias…

Pero Job replica y contradice a su amigo. No es cierto que el injusto siempre acabe mal, y todos lo podemos ver cada día. Incluso los descreídos que se burlan de Dios o ignoran su existencia no reciben castigo alguno: «Aunque dicen a Dios: “¡Largo de aquí! Tus caminos no nos llaman”, ¿qué necesidad tiene el Poderoso de que lo sirvamos? ¿Qué obtenemos, invocándolo?  ¿No tienen ellos la felicidad en sus manos, y Dios no está lejos de castigar a los impíos? ¿Acaso vemos a menudo que su fuego se apague y que la desgracia se abata sobre ellos?» (Job 21, 14-17). Al contrario, parece que los malos medran y salen indemnes de todo castigo: «¿No habéis preguntado a los viajeros ni sus relatos lo confirman: que el malo siempre queda preservado del desastre y que triunfa en el día de la ira? ¿Quién le reprocha a la cara su conducta y quién pasa cuentas de lo que ha hecho? Una vez lo llevan a enterrar, ¡aún velan por su túmulo!... De vuestras réplicas sólo queda falsedad» (Job 21, 19-24)

Es duro. Es duro reconocer que muchos “malos” se salvan, prosperan, son reconocidos y hasta después de muertos su memoria es respetada. ¿De qué sirve entonces creer en Dios y ser buena persona, si no hay castigo ni premio? ¿No es más razonable buscar el propio beneficio, sin preocuparse de Dios, ni del bien ni del mal?

Job no sólo pone a sus amigos contra las cuerdas. Está cuestionando todo un sistema religioso, filosófico y moral. Está cuestionando la doctrina premio-castigo en la que muchos hemos sido educados y en la que descansan culturas, credos y sociedades enteras.

¿Esperábamos encontrar algo así leyendo la Biblia?

Continuará…

sábado, 17 de noviembre de 2018

Respuestas ante el sufrimiento y el mal - 1

Lamentaciones y Proverbios


La destrucción de Jerusalén en el 586 a.C. y el exilio de Babilonia fueron un momento crítico para el pueblo de Israel. Sin capital, sin rey, sin tierra, devastado… O moría, o se transformaba. Como dice el proverbio, «lo que no te mata, te hace más fuerte». Y hoy justamente vamos a hablar de proverbios, y de sabiduría de la vida.

Ante una catástrofe, un dolor inmenso y un sentimiento de pérdida y desarraigo, hay varias actitudes posibles. La Biblia las expone todas en diversos libros. En la Biblia Hebrea, la respuesta al sufrimiento y al mal se ve ilustrada en cuatro libros: Lamentaciones, Proverbios, Eclesiastés y Job.

Seguiré en algunos aspectos los apuntes del curso de la profesora Christine Hayes (Yale, 2006), pues explican con mucha claridad esta respuesta y el sentido de cada uno de estos libros.

Recreación de los jardines de Babilonia, junto al canal.

Quien canta, su mal espanta


El Libro de las Lamentaciones es una sucesión de largos poemas de duelo y búsqueda de consuelo. Los israelitas, desterrados, se sumergen en la opulenta babilonia. Junto a los canales que riegan aquellos campos fértiles, reflejando las murallas y los templos colosales de la gran ciudad, los exiliados añoran la colina de Sión, sus viñedos, sus pequeños campos, sus hogares. Lloran por la destrucción de Jerusalén como si fuera una amada, un ser querido que ha muerto violentamente. Los versos son dramáticos y retratan los momentos más crueles de la conquista a manos de las tropas babilonias. 

¡Ay! Solitaria  está la ciudad que un día fue grande y poblada,
era grande entre las naciones y ahora es como una viuda,
fue princesa entre los pueblos y se ha convertido en esclava…
Los hermosos hijos de Sión, un día valiosos como el oro,
¡ay!, ahora son tratados como vasijas de barro
en manos del alfarero.
Hasta los chacales ofrecen su pecho para alimentar a sus crías,
pero mi pobre pueblo se ha vuelto tan cruel como las bestias del desierto.
La lengua de los recién nacidos se clava en su paladar, sedienta,
los niños lloran pidiendo pan, nadie les da un bocado.
Los que festejaban con manjares exquisitos
ahora mueren de hambre en las calles;
los que vestían de púrpura
se aferran a sus harapos.
La culpa de mi pobre pueblo ha excedido la iniquidad de Sodoma,
que fue eliminada en un instante…  (Lamentaciones, cap. 4)

La culpa: he aquí la clave de todo. Israel ha sido castigado por su enorme culpa, por sus pecados, por su mal. El exilio y la destrucción no son más que una consecuencia de sus obras. No vemos aquí nada de la literatura de exaltación davídica: ni Sión es inviolable, ni sus reyes están bendecidos por siempre. Dios se ha enfurecido y no ha perdonado a nadie. El pueblo es responsable de sus propios males.

Soy el hombre que ha conocido la miseria bajo la vara de su furor.
Me ha conducido hacia las tinieblas pavorosas,
sólo contra mí ha descargado su mano, una vez y otra, sin cesar.
Ha consumido mi carne y mi piel, ha quebrado todos mis huesos… (Lm, cap. 3)

No vemos aquí rastro de un Dios misericordioso, sino de un castigador inclemente, que ya no puede perdonar.

Hemos sido infieles y tú no has perdonado. Te has recluido en tu ira y nos has perseguido, matándonos sin piedad. Te has ocultado en una nube para que ningún clamor llegue hasta ti; nos has convertido en escombros en medio de las naciones (Lm 3, 42-45).

¡Qué contraste entre estos versos y los cánticos triunfantes de los jueces, cuando se sabían apoyados por la mano de Dios, sostenidos por su diestra y aupados hasta la victoria!

El final del libro acaba con una súplica desesperada, un anhelo de reconciliación con Dios, un deseo irreprimible de regresar, de volver a casa, de renovarse:

Pero tú, Señor, te sientas en un trono eterno, tu sede perdura por todos los tiempos. ¿Por qué nos has olvidado para siempre, por qué nos abandonas? Haznos regresar, Señor, a ti, déjanos volver. Renueva nuestros días como antaño, porque nos has rechazado y te has enfurecido contra nosotros. Haznos regresar, Señor, a ti, ¡déjanos volver! Renueva nuestros días… (Lm 5, 19-22).

Como afirma la profesora Hayes, «Las Lamentaciones son una respuesta a la caída de Jerusalén. El sentimiento de pérdida es abrumador, así como la tristeza, el dolor y la desolación ante el trato recibido por Dios. También hay un anhelo de regreso, de renovación y reconciliación. Los doscientos años siguientes a la destrucción serían un periodo muy crítico, una época de transición. La literatura israelita de esta época refleja su conflicto ante los desafíos filosóficos y religiosos que plantea la destrucción».

Otra recreación idílica de los canales y jardines babilónicos.

Perlas de sabiduría para cada día


Los Proverbios pertenecen a la llamada literatura sapiencial. Fue un género muy popular en todo el antiguo Oriente. Egipto y Mesopotamia nos ofrecen espléndidos libros de este tipo, no muy diferentes de los que se incluyen en la Biblia. Muchos de estos libros adoptan la forma de consejos, dichos o proverbios. Son enseñanzas prácticas para la vida de cada día y su carácter es universal: sirven para todos. No son libros, por tanto, centrados en Israel y en su tierra, en su religión ni siquiera en su Dios. El centro de la literatura sapiencial es el ser humano y su relación con los demás, con el mundo, con la vida. Podría decirse que son literatura humanista. El mensaje es que cada ser humano es libre y responsable, y su felicidad dependerá de lo que haga. Eres dueño de tus actos, recogerás lo que has sembrado.

Esta filosofía, como vemos se ha extendido por todo el mundo y en todas las épocas. Es la filosofía optimista del hombre hecho a sí mismo, del hombre como centro, del potencial humano y del karma, por así decir. Todo lo que nos sucede, de alguna manera, nos lo hemos buscado. Es un pensamiento retributivo: todo cuanto haces recibe un premio o un castigo. Hay una ley universal, avalada por Dios, que así ordena las cosas. Esta línea de pensamiento fue muy importante en la cultura judía, explica la profesora Hayes: porque hace hincapié en la responsabilidad personal y colectiva, librando a Dios de culpas. Dios y la justicia universal quedan intactos: el mal es consecuencia directa de las acciones humanas. Pero si estas acciones son justas y virtuosas, el resultado será beneficioso. Por tanto, el éxito y el bien están en nuestras manos.

Tres sabidurías


Christine Hayes destaca tres tipos de sabiduría en los Proverbios.

La primera es una sabiduría práctica, la tradición del clan, que sirve para la vida cotidiana, y que abarca todo tipo de aspectos, desde la alimentación hasta el matrimonio, la economía, las relaciones…

Más vale plato de lentejas con amor, que un buey cebado con odio (Pr 15, 17).
Nada, no vale nada, dice el comprador. Pero, habiéndose ido, se felicita a sí mismo (20, 14).
La puerta gira en su gozne, y el hombre holgazán gira en su lecho (26, 14).
Como agua fría en garganta sedienta son las buenas noticias que llegan de lejos (25, 25).
Son leales los mordiscos del que ama, y traidores los besos del que odia (27, 6).

La segunda es una sabiduría cortesana, o social, que sirve para escalar posiciones en los lugares públicos y desenvolverse con habilidad entre funcionarios, nobles y oficiales del rey.

Pon orden en tus asuntos, reúne lo que tienes en el campo y constrúyete una casa (24, 27).
El que guarda sus labios y su lengua, se guarda de problemas (21, 23).
Por falta de estrategia sucumbe el ejército; la victoria nace de la buena planificación (11, 14).
El que ama la disciplina ama el conocimiento, el que rechaza la corrección es un necio (12, 1).

Finalmente, tenemos una sabiduría existencial, que aborda las grandes cuestiones de la vida humana, las inquietudes y los misterios.

Te he indicado el camino de la sabiduría, te he encaminado por sendas rectas. Cuando camines, no vacilarán tus pasos, y si corres, no tropezarás. Aférrate a la instrucción, no la sueltes; consérvala, porque te va la vida en ello (4, 11-13).
Hay tres cosas que me desbordan y cuatro que no comprendo:
el camino del águila por el cielo, el camino de la serpiente en la roca,
el camino del barco en alta mar y el camino del hombre hacia la doncella (30, 18-19).

La mujer fuerte


En los Proverbios encontramos un hermoso final, el célebre elogio de la mujer fuerte, que tantas veces es leído y citado. Este cántico recoge un retrato ideal de la mujer de entonces.

¿Quién encontrará a una mujer ideal? Vale mucho más que las piedras preciosas.
Su marido confía plenamente en ella, pues no carecerá de nada.
Le da beneficios sin pérdidas todos los días de su vida.
Adquiere lana y lino y los trabaja con finas manos.
Es como un barco mercante que trae de lejos sus provisiones.
Se levanta cuando aún es de noche para dar el sustento a su familia.
Examina y compra tierras, y con sus propias ganancias planta viñas.
Se arremanga con decisión y trabaja con energía.
Comprueba que sus asuntos van bien, y ni de noche apaga su lámpara.
Tiende sus manos al necesitado y ofrece su ayuda al pobre.
Su casa no teme a la nieve, pues todos los suyos llevan vestidos forrados.
Se confecciona sus mantas y viste de lino y púrpura.
Su marido es reconocido en la plaza, cuando se sienta con los ancianos del lugar.
Se reviste de fuerza y dignidad y no le preocupa el mañana.
Abre su boca con sabiduría y su lengua instruye con cariño.
Sus hijos se apresuran a felicitarla y su marido hace su alabanza:
¡Hay muchas mujeres valiosas, pero tú las superas a todas!
Engañosa es la gracia y fugaz la belleza;
sólo la mujer que respeta a Yahvé es digna de alabanza.

Este cántico, no nos presenta una mujer débil o arrastrada por las circunstancias, sino una persona fuerte, emprendedora, que protege a los suyos, cuida de su hogar pero también sale de casa para sus gestiones y negocios. Es una mujer hábil, astuta, creativa y planificadora. Lejos de la mujer florero u objeto: lo más hermoso de ella no es su aspecto físico, sino su inteligencia, su integridad moral y su fortaleza interior.

Este retrato de la mujer fuerte, o virtuosa, nos deja entrever que la mujer, en la sociedad israelita, pese a vivir legalmente sometida al varón, no era considerada en absoluto como un ser inferior. La cultura de la época mantenía a las mujeres sometidas y en desigualdad legal, pero en el día a día, en el plano vital y existencial, el papel de la mujer era de primer orden, y vemos que los autores bíblicos, al menos en Proverbios, así lo reconocen. Una mujer descuidada o negligente podía ser la ruina de un hogar (y en los Proverbios encontramos muchos aforismos que así lo indican); pero una mujer fuerte y responsable era una bendición para la familia y para toda la comunidad.

Leer los Proverbios puede ser una fuente de sorpresas y de satisfacciones, por el ingenio con que están escritos, por su agudeza y sensatez, pero también por su sentido del humor y su gracia al retratar situaciones cotidianas que debían ser muy habituales. Es lo que hoy podríamos decir un auténtico manual de autoayuda que no ha perdido su vigencia. Sigue siendo un best-seller pasados más de veinticinco siglos…

sábado, 29 de septiembre de 2018

La Biblia y los primeros profetas


La Biblia y los primeros profetas from Montse de Paz

Características del profeta



Arraigados en la fe en Yahvé, liberador y comprometido.
A la escucha y en diálogo permanente con Dios.
Encarnados en la realidad y en la historia.
Actúan en tiempos de crisis.
Se preocupan por el pueblo y su futuro.
Unen fe y vida y llaman a los demás a hacer lo mismo.
Palabras de denuncia, anuncio y esperanza.
Realizan actos simbólicos.

Profecía oral y escrita


Los escritos proféticos fueron recogidos por sus discípulos.
Fueron recopilados, seleccionados y ordenados, con añadidos posteriores según el contexto del momento.

Podemos distinguir cuatro etapas:

Primitiva: profetas extáticos. Samuel, Elías, Eliseo.
Clásica: denunciadores y anunciadores. Amós, Oseas, Isaías, Miqueas, Sofonías, Nahum, Habacuc, Jeremías.
Exilio: reflexión y consolación. Jeremías, Ezequiel, Isaías 2.
Post-exilio: restauración y animación del judaísmo. Ageo, Zacarías, Abdías, Malaquías, Isaías 3, Joel.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Ezequiel, la regeneración

El trasfondo


La destrucción de Jerusalén, la deportación a Babilonia y el exilio fueron un evento traumático para Israel. Cualquier otro pueblo de la antigüedad hubiera perecido, definitivamente, y hubiera quedado borrado del mapa de la historia. De hecho, las tribus del reino del Norte, Israel, quedaron dispersas para siempre. Samaría nunca fue lo mismo, y en tiempos de Jesús los evangelios reflejan perfectamente esta antigua enemistad entre los judíos, que se consideraban los verdaderos servidores de Yahvé, y los samaritanos. Otras civilizaciones brillantes se han ido eclipsando y no ha sido hasta tiempos recientes que han salido a la luz, tras las excavaciones arqueológicas y el trabajo concienzudo de los académicos. La Biblia recoge la existencia de muchos pueblos perdidos. En cambio, el más pequeño e insignificante de los pueblos, Israel, ha sobrevivido hasta hoy. El secreto de esta pervivencia hay que buscarlo en estos hombres que marcharon al exilio sin perder la fe, en la tarea callada y perseverante de un grupo de líderes, sacerdotes, profetas, sabios, que sacaron fuerzas de flaqueza y convirtieron el desastre en la oportunidad para reinventarse y reforzar su identidad en medio de una civilización distinta, la rica cultura babilónica.

El profeta Ezequiel, pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

Entre ellos encontramos a Ezequiel. El profeta Ezequiel escribe desde el exilio y está muy ligado a la llamada escuela sacerdotal, el grupo que compiló las tradiciones anteriores, redactó el inicio del Génesis (el gran himno de la Creación) y se ocupó de la edición final de la Torá. El mismo Ezequiel era sacerdote, conocía muy bien Jerusalén y el templo y esto se refleja en su obra.

Ezequiel es un profeta que, por carácter, podríamos llamar místico, pues experimenta éxtasis y visiones extraordinarias. Pero por su trabajo, es un auténtico líder que exhorta al pueblo. Como todo profeta, en su mensaje hay una parte de juicio y acusación, un primer toque de alarma y atención, y duras palabras contra la idolatría, la infidelidad y los malos pastores que pierden al pueblo (falsos profetas). Pero a continuación llega otra parte de esperanza y consuelo, una promesa de restauración y, al final, un plan completo para la reconstrucción, que incluye, al igual que se incluye en el Éxodo, instrucciones muy precisas sobre el nuevo templo, el culto al Señor y el modo de vida que ha de llevar el pueblo creyente.

Por tanto, el libro de Ezequiel abarca tres momentos de la catástrofe-oportunidad: la destrucción del reino, el exilio en Babilonia y el regreso a Jerusalén y la reconstrucción del templo (ya bajo el imperio persa).

Visión de Ezequiel, según Raphael.


La misión del profeta

Me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a la casa de Israel (a las naciones), a los rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres me han sido infieles, hasta el día de hoy. A los hijos de rostro de piedra y corazón duro yo te envío. Y les dirás: Así habla el Señor Yahvé. Tanto si te escuchan como si no, pues son una casa rebelde, sabrán que tú eres un profeta en medio de ellos. Y tú, hijo de hombre, no temas, ni te asusten sus caras, si te mueven brega y te menosprecian y tienes que vivir entre escorpiones. No tengas miedo de sus palabras ni te asusten, porque son una casa rebelde. Les llevarás mis palabras…  (Ezequiel 2, 1-7)

Como todo profeta, Ezequiel es llamado y elegido. No es él quien se autodesigna, sino que recibe una misión de Dios. Y Dios, como siempre, es muy sincero: no le promete éxito sino problemas. Le avisa de la dificultad de su tarea: va a encontrarse con un pueblo duro y con rechazo. Pero al mismo tiempo le promete estar con él. ¡No tengas miedo!

A continuación sigue otro párrafo muy conocido, donde el mensaje de Dios se presenta como alimento (Jesús utilizará una imagen semejante cuando dice que su pan es hacer la voluntad del Padre).

¡Abre la boca y come lo que te doy! Y vi cómo alargaba la mano hacia mí, con un volumen enrollado. Lo desplegó ante mí, estaba escrito por detrás y por delante, ¡lleno de lamentaciones y ayes! Me dijo: Hijo de hombre, come lo que te presentamos y ve a la casa de Israel. Me abrió la boca y me hizo comer el rollo, y me dijo: Hijo de hombre, nutre tus entrañas con este volumen que te doy. Lo comí y en la boca me supo dulce como la miel… (Ezequiel 3, 1-4)

Dios avisa al profeta una y otra vez, como vacunándolo contra el miedo a la oposición y al rechazo de los suyos: «la casa de Israel no te querrá escuchar, porque no me quiere escuchar a mí, tiene dura cerviz y el corazón de piedra. Pero yo hago tu frente tan dura como su rostro, y tu cara tan fuerte como la suya, como el diamante, más dura que una roca. No te asusten, no temas sus caras, ya que son una casa rebelde…» (Ez 3, 7-9). Y lo erige como centinela, como un pionero que debe guiar al pueblo para salvarlo del desastre y la culpa. Aunque no le escuchen, él debe intentarlo, pues de lo contrario será también su perdición. El profeta es responsable, no de las acciones del otro, pero sí de avisarlo. Tiene una misión educativa, es un despertador de conciencias:

Si yo digo al impío: Has de morir, y tú no lo avisas, para que viva, es él, el impío, que morirá por su culpa, pero es a ti a quien pediré cuentas de su sangre. Si, al contrario, tú avisas al impío y él no se convierte, este impío morirá por su mala conducta, pero tú habrás salvado tu vida… (Ez 3, 18-19).

Come de este rollo y ve a la casa de Israel...

El pecado del pueblo


En los siguientes  capítulos (4 al 16), Ezequiel hace un repaso histórico de Israel en clave teológica: es decir, se recogen todas las infidelidades religiosas del pueblo, el culto idolátrico en el templo, las abominaciones paganas cometidas, el alejamiento de Dios. Y Ezequiel, como ya lo hicieron Miqueas y otros profetas, no perdona a Israel: el reino caerá por sus pecados. El profeta se vale de imágenes y alegorías poderosas. Israel, como en otros libros de la Biblia, es comparado con una prostituta que recibirá su merecido:

Por eso, prostituta, escucha la palabra de Yahvé: porque has exhibido tu vergüenza, porque has descubierto tu desnudez, en tus prostituciones ante todos tus amantes y tus ídolos abominables, por la sangre de tus hijos que les has entregado, todos aquellos a quien has amado junto con los que has odiado, los reuniré a tu alrededor y les descubriré tu desnudez, para que la vean. Y te aplicaré las sentencias para las mujeres adúlteras y para las que derraman sangre: haré caer sobre ti la ira y los celos, te echaré en sus manos para que te arranquen el zócalo y las almenas, para que te despojen de los vestidos y te quiten las joyas, y te dejen desnuda. Harán subir contra ti a la turba, te lapidarán, te descuartizarán con sus espadas. Calarán fuego a tus casas y harán justicia de ti ante muchas mujeres… (Ez 16, 35-41)

Son imágenes duras: Israel recibe el castigo máximo por los peores crímenes que puede cometer una mujer, el adulterio, la prostitución y el sacrificio de sus propios hijos (la ofrenda de niños a los dioses era habitual en el antiguo Oriente).

Ziggurat de Babilonia. 


La culpa personal


Hay un capítulo muy interesante, el 18, que marca una diferencia con lo que afirman otros autores bíblicos, que apelan a la responsabilidad colectiva del pueblo y a su culpa generalizada. Ezequiel reconoce la culpa de la comunidad, pero también es sensible ante el sufrimiento injusto de las víctimas. Así, nos habla de una responsabilidad personal: cada cual es dueño de sus acciones y recibe lo merecido. Pero los hijos no heredan los pecados de los padres ni los padres son castigados por las faltas de sus hijos, si ellos son justos:

 Mira, todas las  vidas son mías; tanto la vida del padre como la del hijo, son mías. Quien peque, morirá. Un hombre, pues, si es justo, si practica el derecho y la justicia, no come nada con sangre, no alza la mirada hacia los ídolos de la casa de Israel, no deshonra a la esposa del prójimo, no se acerca a una mujer que tiene la regla, no hace daño a nadie, restituye las prendas que guarda de otros, no roba, da su pan al hambriento y viste al desnudo, no presta a usura, no cobra interés, aparta su mano de la injusticia, ejerce un juicio leal entre hombre y hombre, se conduce según sus leyes y costumbres, y las pone en práctica, este es un justo: ciertamente vivirá, oráculo del Señor Yahvé. Pero si  engendra un hijo violento, y este no hace todo esto […] ciertamente no vivirá. Ha cometido todas estas abominaciones, ciertamente morirá, ¡su sangre caerá sobre él! Pero si engendra un hijo que ve todos los pecados que ha cometido su padre, tiene miedo y no lo imita; […] este no morirá por las culpas de su padre, ciertamente vivirá (Ez 18, 4-20)

Vemos en estos párrafos, que se repiten cada vez, una serie de acciones que podrían resumir lo que entiende un antiguo israelita por justicia o injusticia (resuenan aquí los diez mandamientos…). El profeta continúa y defiende la posición de Dios en una especie de diálogo entre el pueblo y él mismo:

Y vosotros decís: ¿Por qué el hijo no lleva su parte en la culpa de su padre? Pero el hijo ha practicado el derecho y la justicia, ha observado todas mis leyes y las ha seguido: ciertamente, vivirá. Quien ha pecado es quien morirá; un hijo no tendrá su parte en la culpa del padre, ni un padre su parte en la culpa del hijo; al justo le será imputada su justicia, y al impío su impiedad. Pero si el impío renuncia a todos los pecados que ha cometido, observa todas mis leyes y practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. Todas las infidelidades que haya cometido no le serán tenidas en cuenta; vivirá a causa de la justicia que haya practicado. ¿Sentiría yo gusto por la muerte del impío, oráculo de Yahvé? ¿No prefiero que cambie de conducta y viva? (Ez 18, 19-23)

Vemos aquí un Dios que no es implacable, un Dios que quiere que todos vivan y cree en la redención personal, en el cambio de conducta, en la posibilidad de conversión y en el perdón. Un Dios que no se complace en la condenación y que espera un cambio.

Y vosotros decís: La manera de hacer del Señor no es justa. Escucha, pues, casa de Israel: ¿Es mi manera de hacer la que no es justa? ¿No es vuestra manera de hacer, la que no es justa? […] Por eso os juzgaré a cada cual según su manera de hacer, casa de Israel […] Convertíos, renunciad a todas vuestras infidelidades, que no haya más ocasión de pecado para vosotros […] ¿Por qué habríais de morir, casa de Israel? Yo no me  complazco por la muerte del impío, oráculo del Señor Yahvé. ¡Convertíos y vivid!  (Ez 18, 25-32)

De esta manera, Ezequiel conjura la desesperación y la tentación a sucumbir, bien al desánimo, bien a la idolatría de los dioses extranjeros. Pese a todo, Dios no ha abandonado a su pueblo, ¡hay un camino de vuelta!

Babilonia: reconstrucción de la puerta de Ishtar.

Los malos líderes y el buen pastor


Ezequiel, como ya lo hicieran Jeremías y otros, carga contra los falsos profetas que enredan a la gente con mensajes complacientes y falsos:

¡Ay de los profetas insensatos que siguen su propio espíritu sin haber visto nada! ¡Como chacales entre las ruinas son tus profetas, Israel! No habéis subido a la brecha, no habéis construido un muro ante la casa de Israel, para resistir el combate, el día de Yahvé. Tienen visiones vanas, un presagio engañoso, los que dicen: ¡Oráculo de Yahvé!, cuando Yahvé no los ha enviado, ¡y aún esperan que confirme su palabra! … Por eso di: Así habla el Señor Yahvé. Por culpa de vuestras palabras vanas y vuestras visiones engañosas, yo me declaro contra vosotros, oráculo del Señor Yahvé. Extenderé la mano sobre los profetas de las visiones vanas y las predicciones falsas: no estarán en el consejo de mi pueblo, no serán inscritos en el libro de la casa de Israel, no vendrán a la tierra de Israel, y sabrán que yo soy el Señor Yahvé. Ya que han desencaminado a mi pueblo, diciendo: ¡Paz! Cuando no había paz, y mientras él construye una muralla, ellos la revisten de cal... (Ez 13, 3-10).
Más adelante acusará a los pastores, los gobernantes y líderes que debieron proteger a su pueblo y, en cambio, lo rapiñaron y lo dejaron abandonado a su suerte. Jesús recogerá esta idea en el evangelio y relatará sus parábolas del buen pastor en contraste con los pastores asalariados que no se preocupan de sus ovejas:

Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, y diles: ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a ellos mismos! Los pastores, ¿no deben apacentar a las ovejas? Vosotros os alimentáis con la leche, os vestís con la lana, habéis sacrificado las ovejas más gordas pero no habéis apacentado al rebaño. No habéis alimentado a la oveja débil, no habéis curado a la enferma, no habéis encañado a la que tenía una pata rota. No habéis orientado a la que estaba descarriada, ni habéis ido a buscar a la que se perdía. En cambio, a la que era fuerte la habéis pisoteado con dureza. Sin pastor, se han dispersado y las han devorado todas las bestias salvajes… Mi rebaño ha errado por los montes y las cimas, se ha dispersado por todo el país, sin que nadie se ocupara de él… Lo juro por mi vida, oráculo del Señor Yahvé: mi rebaño ha servido de presa y lo han devorado todas las bestias salvajes, porque no tenían pastor; los pastores no se ocupan de mi rebaño… (Ez 34, 2-8)

¿No vemos en estas líneas un paralelo con lo que sucede ahora y ha sucedido siempre con los malos gobernantes? Líderes corruptos, gobernantes que exprimen a su país y se enriquecen a costa de la pobreza de las gentes… ¡Ezequiel podría proclamar sus oráculos contra tantos, hoy!

Pero Dios no permitirá que su pueblo perezca, él mismo lo pastoreará:

Por eso, pastores, escuchad la palabra de Yahvé. Así habla Yahvé: ¡Aquí me tenéis contra los pastores! Les arrebataré mi rebaño y les impediré apacentarlo. Así, ya no se apacentarán más a ellos mismos. Les arrebataré mis ovejas de la boda y nunca más las podrán devorar. Porque así habla el Señor Yahvé: aquí me tenéis, en persona. Me ocuparé de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su ganado el día que se ve atacado, cuando las ovejas son dispersadas, así velaré yo por mis ovejas… (Ez 34, 9-12)  
Jardines de Babilonia, una de las siete maravillas del mundo antiguo.

La caída de los grandes


La injusticia no queda impune. Del capítulo 25 al 32, Ezequiel pronuncia sus oráculos contra otras naciones: Edom, Moab, Amón, Tiro, Sidón, Egipto… Todos los reinos sucumbirán, no hay poder humano que perdure siempre. Incluso el poderoso Egipto será eclipsado y se convertirá en un pequeño reino, mediocre y una sombra de lo que fue. El faraón es comparado aun gran árbol frondoso y a un cocodrilo voraz, pero también irá al país de los muertos (capítulos 30 al 32).  Si la suerte de Judá fue aciaga, no lo será menos la de otros grandes. Estos oráculos son textos vigorosos: en ellos se contrasta la opulencia y el lujo inicial de los pueblos con la pavorosa destrucción final, a manos de otros conquistadores. El profeta ofrece una visión moralizante de la caída. ¿Por qué caen los grandes? Por su arrogancia, por su injusticia y por la violencia que han ejercido sobre otros. Ahora recibirán su merecido:

Así habla el Señor Yahvé a Tiro: ¡Hala! Por el estrépito de tu caída cuando las víctimas giman, cuando la espada mate dentro de ti, las islas se conmoverán. Todos los príncipes del mar bajarán de sus tronos, depositarán sus mantos, se despojarán de sus prendas bordadas, se vestirán de negro, se sentarán en el suelo, temblando sin cesar, y estarán consternados por tu causa. Y entonarán sobre ti un planto y dirán: ¡Ah, cómo te has perdido, desaparecida de entre los mares, ciudad ilustre, la que era más fuerte que el mar, la que inspiraba terror a todo el continente! Ahora las islas tiemblan en el día de tu caída… (Ez 26, 15-17).
Allá está Mósoc (Túbal), con todo su aparejo fastuoso, alrededor de su sepulcro, todos incircuncisos, víctimas de la espada, porque habían sembrado el terror sobre la tierra de los vivos. Yacen con los valientes, caídos hace tiempo, que bajaron al país de los muertos con sus armas de guerra…  (Ez 32, 26-28)

La regeneración: huesos que reviven


Pero tras estos oráculos tan devastadores, el profeta arroja luz en el panorama. Israel será reconstruido, Palestina florecerá de nuevo. El desastre es visto no como una condena, sino como una purga necesaria para la regeneración. En el capítulo 37 encontramos la célebre visión de los huesos que reviven.

La mano de Yahvé se posó sobre mí, me hizo salir con el espíritu de Yahvé y me puso en medio de una llanura, una llanura inmensa cubierta de huesos humanos. Me hizo pasar a tocarlos, eran muy numerosos, cubrían toda la superficie de la llanura y todos estaban muy secos. Me dijo: Hijo de hombre, ¿revivirán estos huesos? Yo dije: Señor Yahvé, vos lo sabéis. Me dijo: Hijo de hombre, profetiza sobre estos huesos. Diles: Huesos secos, escuchad la palabra de Yahvé. Así habla el señor Yahvé a estos huesos: yo haré venir a vosotros espíritu, para que viváis. Tenderé sobre vosotros nervios, haré crecer carne sobre vosotros, tenderé piel sobre vosotros y os infundiré espíritu, y viviréis, y sabréis que yo soy Yahvé. (Ez 37, 1-6)

Visión de Ezequiel: los muertos que reviven, según F. Collantes (Museo del Prado).


Podemos imaginar la visión, un espectáculo dantesco, el llano cubierto de huesos, como un campo de batalla sembrado de cadáveres que el tiempo ha desecado… La viva imagen de la muerte más cruel. Pero el Dios de la vida puede revivir hasta lo que está más muerto:

Los vi recubiertos de nervios, la carne crecía y la piel se tendía sobre ellos: pero no había espíritu en ellos. Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre. Dile al espíritu: Así habla el Señor Yahvé: Ven de los cuatro vientos, espíritu, sopla sobre estos muertos y que vivan. Profeticé como me ordenaba y el espíritu vino sobre ellos, y retomaron vida y se pusieron de pie; eran un ejército muy, muy grande (Ez 37, 8-10)

El espíritu, un viento llamado por Dios, insufla vida en la carne. Vemos aquí otro eco del Génesis, cuando Dios sopla sobre el barro para dar vida al hombre. La materia sola no basta para que haya vida, es necesario el espíritu. Y el espíritu viene llamado por Dios. Es una forma de decir que la vida es de Dios, y es él quien la otorga. Quien posee a Dios, posee vida. Quien se aleja de él, muere, secándose como los huesos.

Reconstrucción del templo de Jerusalén.

Reconstrucción del reino, presencia de Dios


Los siguientes capítulos, del 38 hasta el 47, final del libro de Ezequiel, nos hablan de la reconstrucción. Israel será restaurado, Jerusalén volverá a ser su capital y reconstruirán el templo, siguiendo cuidadosas instrucciones del Señor. Y entonces Yahvé volverá a habitar en él, entre su pueblo. Toda la teología de la presencia de Dios se recoge aquí.

Me hizo ir a la puerta que da a oriente, y he aquí que la gloria del Dios de Israel llegaba por la parte de oriente. Un rumor lo acompañaba, parecido al rumor de muchas aguas, y la tierra se iluminaba con su gloria. Esta visión me recordó lo que había visto cuando vino durante la destrucción de la  ciudad… Entonces caí postrado en tierra. La gloria de Yahvé entró en el templo por la puerta que da a oriente. El espíritu me levantó y me llevó al atrio interior, y vi que la gloria de Yahvé llenaba el templo… ¿Has visto el lugar de mi trono, el lugar donde poso la planta de los pies, donde residiré en medio de los israelitas para siempre? (Ez 43, 1-7)

Es la presencia de Dios la que santifica un lugar, un pueblo, una gente. Y su presencia es gloriosa (gloria significa luz, resplandor radiante). La imagen quiere transmitir de forma visual una experiencia interior, casi podríamos decir mística: experimentar la fuerza de Dios llenando un lugar, llenando un alma. El Dios de la vida que llena un templo y que está presente entre los suyos garantizará su pervivencia por los siglos. Dios en el centro de la vida y la vida convertida en una gran liturgia, traspasada de la presencia divina: este será el ideal de la escuela sacerdotal, y la enseñanza que impartirán a la comunidad en exilio.

Ezequiel en el siglo XXI


La imaginería bíblica es tan exuberante que se ha convertido en un caudal para la fantasía y la literatura de todos los tiempos. Incluso en obras contemporáneas, como la famosa saga Canción de hielo y fuego (Juego de Tronos), podemos rastrear muchas influencias bíblicas. Los famosos Otros, los muertos vivientes que aterrorizan los siete reinos, ¿no parecen una reminiscencia de los huesos secos de Ezequiel?

Sólo que, en el mundo de George R. R. Martin, el espíritu que se insufla en los muertos no es de vida, sino maligno. Reviven a otra vida que es contagiosa y que busca proliferar, como un cáncer, pero que no es vida buena, ni vida hermosa. Muchos elementos sobrenaturales de esta saga parecen versiones perversas (o pervertidas) de imágenes y parábolas bíblicas. Y en otras novelas, filmes e incluso series de anime se puede captar cómo la Biblia sigue siendo una fuente de inspiración, aunque el mensaje que se transmita sea totalmente distinto, incluso contrario al que los autores bíblicos quisieron expresar.

Pero los lectores de hoy, incluso los curiosos de la Biblia que no son creyentes, ¿cómo podemos leer a Ezequiel? Además de apreciar su valor literario y sus imágenes audaces, ¿qué hay de su mensaje? ¿Conserva su vigencia? ¿Tienen esto textos algo que decirnos hoy? 

Un pueblo infiel que cae estrepitosamente, es arrasado, deportado, exiliado… se rehace y se recupera. Israel podemos ser todos nosotros.

Todos somos Israel cuando dejamos de ser fieles, no sólo a Dios, sino a nosotros mismos. Si la voluntad de Dios es la gloria del hombre, si lo que Dios desea es que cada persona florezca y prospere, ¿qué sucede a nuestro alrededor? Vemos que muchos no florecen. Nosotros mismos podemos estar dejando de ser todo cuanto podemos ser. Podemos ser infieles a nosotros mismos, faltos de autenticidad por falta de valor, por desidia, por inconsciencia. Cuando nuestra vida no tiene sentido, cuando hemos perdido la razón de vivir, cuando estamos desorientados y no sabemos hacia dónde ir somos como este Israel descarriado, perdido y aplastado, a merced de la voluntad y el poder de otros. Cuando dejamos de hacer lo que hemos venido a hacer en este mundo, nos volvemos así: sometidos a influencias y haciendo lo que otros quieren, y no lo que en el fondo desearíamos hacer. Y esto es como morir en vida. Todos somos huesos secos andantes cuando dejamos que el espíritu se vaya, cuando dejamos de ser auténticos y de luchar por lo que anhela nuestro corazón. Todos somos cadáveres vivientes cuando dejamos de amar y de ser fieles a lo que nos constituye más hondamente.

Y somos responsables. Nuestro “castigo” es una consecuencia de nuestros actos. Pero ¡atención! Hay esperanza. Podemos retornar al camino justo. Podemos rectificar, podemos cambiar. Nuestros huesos secos pueden revivir. Este es, creo, el mensaje más profundo y motivador que nos transmite Ezequiel. Hayamos pasado lo que hayamos pasado, tenemos una nueva oportunidad. Podemos restaurarnos. Somos nosotros quienes invocamos al espíritu de vida para que venga a llenarnos. Lo que hacemos puede traer la muerte, pero también puede resucitarnos. Está en nuestras manos.

Vemos, así, que aunque Dios está en el centro de la predicación del profeta, el hombre no pierde su protagonismo. Él también está en el centro, y su vida es su responsabilidad. Su vida y la de sus semejantes. Dios sólo nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho con todo lo que nos ha dado. Que es, finalmente, todo cuanto somos y tenemos. El poder de dar la  vida es de Dios, pero la libertad de utilizarla como queramos es nuestra, y eso también nos hace poderosos. El mensaje de Ezequiel, como el de la escuela sacerdotal, finalmente, es un recordatorio de nuestro poder personal, un canto al libre albedrío y una apelación a nuestra responsabilidad.