lunes, 18 de junio de 2018

Reyes, profetas y villanos


Con los dos libros de Samuel entramos en una nueva etapa de la historia de Israel: la monarquía. Esta historia se relata en los libros de Samuel 1 y 2, Reyes 1 y 2 y en las Crónicas.

El periodo de los jueces, en que las tribus eran libres y «todo el mundo hacía lo que le parecía bien» (Jueces 21, 25) terminó con una espiral de violencia imparable, tal como relata el libro de los Jueces en sus capítulos 19, 20 y 21. Son episodios muy sangrientos y terribles, en los que unas tribus luchan con otras hasta llegar casi al exterminio de una de ellas. Al final, la división interna y la presión de los reinos externos provocan que el pueblo pida un rey que los una y pelee contra sus enemigos. Samuel, el último juez, unge a un rey. Primero a Saúl, un rey carismático y popular, excelente guerrero y hombre temperamental, amado por el pueblo, pero cuya vida y gobierno terminan en desgracia. Tras alguna victoria sonadas y ampliar el territorio de Israel, muere en una batalla contra los filisteos y a su muerte el reino se sume en el caos.

El siguiente rey ungido es David. Su historia merece sobradamente toda la literatura y filmografía que se le ha dedicado. Es un carácter extraordinario y tremendamente humano. Pastor, poeta, guerrero, bandolero y estratega, finalmente se convierte en rey. Primero gobierna en el sur, situando su capital en Hebrón. Al final, las tribus del norte, que se habían agrupado en torno al hijo de Saúl, terminan sometiéndose también a él. David tiene tres grandes aciertos, como gobernante: el primero es unificar a todas las tribus ―unidad política―; el segundo es instaurar una capital que represente a todo el reino ―Jerusalén―;  el tercer logro es religioso, trasladando a Jerusalén el arca de la alianza ―unidad religiosa―. David planeará construir un gran templo a Dios; él no lo hará, pero será la gran obra de su hijo, Salomón.

Además, con David la monarquía adquiere ya la estructura propia de un reino: se crea un ejército profesional, una burocracia y una jerarquía. Israel expande su territorio y se consolida. Los otros pueblos cananeos, salvo los filisteos, que mantienen sus ciudades en la costa, se rinden a su poder.

Con Salomón, la monarquía israelita llega a su auge. Expande más su territorio, establece alianzas con Egipto, Fenicia y otros reinos vecinos, envía flotas comerciales a otros países, consolida la administración interna y la riqueza que afluye a sus arcas le permite iniciar grandes obras arquitectónicas, como el templo. Es un periodo de esplendor, pero en el que también comienzan a hacerse evidentes los males de la monarquía que denunció Samuel: el pueblo se ve agobiado con impuestos y trabajos forzados, aumenta la desigualdad entre ricos y pobres, la burocracia da lugar a situaciones de corrupción y soborno. Desde el punto de vista religioso, reina la tolerancia y un gran sincretismo, pues Salomón, para congraciarse con sus esposas y reinos aliados, construye templos y fomenta el culto a todo tipo de dioses extranjeros.

Aunque la tradición contempla el reinado de Salomón como un periodo dorado, de gran esplendor, y la figura de Salomón se ve enaltecida como paradigma de hombre sabio y prudente, la realidad no fue tan brillante, y los relatos bíblicos dejan traslucir esta ambigüedad. Parecía que la monarquía iba a terminar con los problemas de Israel, pero no es así. Al final, generará otros igual o más graves que los de la anárquica libertad del tiempo de los jueces. Los profetas serán quienes se encarguen de denunciar los abusos de los reyes y la élite de nobles y ricos que se ha generado a su sombra. Con el paso del tiempo, Israel como reino sucumbirá.

A la muerte de Salomón, el reino se divide en dos: Israel al norte y Judá al sur. Ambos reinos coexistirán, en ocasiones serán aliados y en otras serán enemigos. Sus historias se irán desarrollando en paralelo hasta que ambos caigan bajo la presión de los imperios orientales que se expanden por todo el Creciente Fértil.

En el 722 a.C. caerá el reino del norte, Israel, y será absorbido por el imperio asirio, bajo el rey Sargón. En el 586 a.C. el reino del sur, Judá, será destruido por el imperio babilónico bajo Nabucodonosor. Sus élites serán deportadas y tan sólo los pobres y los campesinos quedarán en la tierra que un día fue Tierra Prometida, y que ahora se convertirá en una provincia imperial, sometida al vasallaje de los reyes caldeos.

Trasfondo histórico


Las fuentes históricas de estos relatos posiblemente fueron crónicas reales, que en toda corte antigua se escribían y se conservaban. En la Biblia se alude a algunos de estos libros, donde se recogían listados de reyes con los hechos más relevantes de sus reinados.  Estos libros no se han conservado. La Biblia también toma tradiciones orales, algún cantar épico y relatos populares sobre ciertos personajes como los profetas Elías y Eliseo.

Tenemos fuentes históricas de otros reinos, como Egipto, Asiria y Babilonia, que mencionan a reyes judíos e israelitas y permiten comprobar la veracidad de algunos hechos y personajes. Así mismo, algunos hallazgos arqueológicos ―estelas conmemorativas― confirman los datos bíblicos. El obelisco de Salmanasar III, por ejemplo, nos muestra al rey Jehú, del reino de Israel, postrándose ante el emperador asirio. Las excavaciones en Israel también muestran que durante el periodo de Salomón se construyeron ciudades amuralladas, palacios, talleres y almacenes, lo que revela una expansión económica del reino.

Reyes muy humanos


Uno de los aspectos que llama la atención en los relatos bíblicos de Samuel y Reyes es la humanidad de los reyes. No son idealizados, como sucedía en las crónicas históricas de la antigüedad. Se retratan tanto sus logros como sus defectos. La profesora Christine Hayes habla de la «tenaz honestidad» de la historia de David. Los autores bíblicos relatan sus hazañas y vicisitudes en la llamada «historia de la corte», una auténtica novela histórica, en la que no tapan ninguno de los pecados y defectos de su protagonista. Si en su juventud lo vimos como un héroe victorioso, en su madurez lo vemos adúltero, tramposo, incapaz de controlar a sus hijos y, al final, viejecito y débil, sumido en un mar de intrigas familiares y políticas que no puede dominar. Los reyes son humanos, al fin y al cabo, y la monarquía que empezó con tan buenos auspicios tampoco será la panacea.

Es un aviso a los lectores de la Biblia. En la antigüedad, los reyes eran considerados semidioses, o claramente divinos, como en Egipto. La Biblia desmitifica la figura real: Dios puede favorecer o elegir a un hombre par que gobierne, pero el auténtico rey, el que rige los destinos del pueblo, es, finalmente, Dios.

Sin embargo, en el caso de David y su estirpe, vemos que surge una especie de «teología real», donde el rey es considerado hijo de Dios y agraciado por su favor.  Veámoslo más detenidamente.

Dos alianzas, Sinaí y Sión


Los biblistas explican que la historia de Samuel y Reyes sigue en general la línea filosófica y teológica del Deuteronomio. El autor o autores de esta escuela deuteronomista tienen un claro fundamento: la alianza de Dios con el pueblo en el Sinaí, sellada con Moisés. Esta alianza no es incondicional: Dios favorecerá y protegerá al pueblo, dándole la tierra, mientras este sea fiel. Si cae en la idolatría y adora a otros dioses, retirará su favor y lo entregará a manos de las potencias extranjeras. La tensión que ya vimos en el libro de los Jueces se repite con la monarquía. Los reyes, pese al templo y pese a la unidad política, no han logrado consolidar la fe en el Dios único de la alianza. La filosofía deuteronomista también explica la catástrofe final, cuando Israel y Judá caigan bajo sus enemigos. La ruina es una consecuencia directa de los pecados de idolatría, tanto de los reyes como del pueblo. La infidelidad ocasiona que Dios deje de proteger a Israel y el castigo será el exilio. Un castigo que será vivido como otro gran éxodo por el desierto. En ese tiempo, el pueblo tendrá tiempo para recapacitar y volver al Señor.

Pero, paralela a esta teología de la historia, se desarrolla otra, que también se refleja en los relatos bíblicos. Es la llamada alianza de Sión, o alianza con la Casa de David. El biblista Jon Levenson desarrolla un estudio a fondo sobre esta doble alianza en su libro Sinaí y Sión. Así como la alianza del Sinaí es entre Dios y el pueblo, y está condicionada por la fidelidad de la gente hacia Dios, la alianza de Sión es entre Dios y un hombre, David. Dios promete su favor al rey y a toda su estirpe, y lo hace de manera incondicional y para siempre: será una alianza eterna. Esta filosofía fue defendida por una escuela de sacerdotes y profetas: con ella alentaron la idea de que, pasara lo que pasara, Dios no abandonaría jamás a la Casa de David. Su semilla perduraría para siempre.

«Así dice el Señor de los ejércitos: te saqué de los pastos, de entre los rebaños, para que fueras príncipe sobre mi pueblo, Israel, y he estado junto a ti siempre que has derribado a tus enemigos, y te he dado un nombre grande, entre los grandes de la tierra. Designaré un lugar para mi pueblo, Israel, y lo plantaré allí… y te daré la paz con todos tus enemigos. El Señor hará de ti un linaje. Cuando tus días se cumplan y vayas a reposar con tus antepasados, alzaré a un descendiente tuyo, nacido de tu sangre, y estableceré su reinado. Construirá una casa para mi nombre y yo estableceré el trono de su reino para siempre. Yo seré su padre, y él será mi hijo. Cuando cometa maldades, lo castigaré con el látigo de los hombres, pero no apartaré mi amor de él, como hice con  Saúl, para elegirte a ti. Tu casa y tu reino perdurarán ante mí, tu trono durará para siempre.» (2 Samuel, 7, 8-17)

Ambas teologías, la de Sinaí y la de Sión, convivieron y mantuvieron un tenso pulso. Con el tiempo, se fueron fusionando. La colina de Sión, donde se construyó el templo, se convirtió en el segundo Sinaí, donde se renueva la alianza, se conserva la Ley y habita la presencia de Dios. La Casa de David se convierte en guardiana de la Torá, y el mismo rey debe observar sus preceptos. Si los infringe, será castigado.

Corrección, castigo y disciplina. Esta es la dinámica que proponen tanto la teología de la alianza como la teología de la monarquía. Dios siempre es el primero en ofrecer su favor. El pacto se firma con él. En la teología de la alianza, su interlocutor es el pueblo, y la respuesta que se espera de él es la fidelidad y un culto marcado por el amor sincero. En la teología de la monarquía, el interlocutor de Dios es el rey, que debe responder por el pueblo respetando el pacto de fidelidad. Pero en este caso, Dios, pese a los pecados del soberano, siempre mantendrá su favor. Lo puede castigar, pero no le retirará el favor para siempre.

Cuando Israel vivió sus épocas más sombrías, en el exilio de Babilonia, estas dos teologías le ayudaron a sobrevivir y a no desaparecer. Ante la catástrofe, lo más lógico era pensar que Yahvé, su Dios, no era todopoderoso, pues los había abandonado y, por tanto, más valía adorar a los dioses babilonios, vencedores. Muchos lo hicieron, posiblemente. Otra conclusión era que Dios quizás era todopoderoso, pero los había entregado a manos de los enemigos, por tanto ¿cómo esperar bondad alguna de él? La filosofía deuteronomista ofreció una salida: Dios era bueno y todopoderoso, sin lugar a dudas. Pero el pueblo no había respetado la alianza. El desastre es una consecuencia de la irresponsabilidad y el pecado del pueblo y de sus reyes. El exilio y la derrota son el castigo de Dios, pero un castigo pedagógico. La crisis permitirá al pueblo reflexionar y volver a Dios.

Esta mentalidad fue la que permitió que el pueblo sobreviviera e incluso resurgiera de sus cenizas cuando fue desposeído de su tierra, de su templo y de su rey. Tan sólo quedaron las familias… y en las familias floreció una fe renovada, como veremos.

Los profetas ofrecieron otras respuestas, algunas en la línea de la escuela deuteronomista, otras diferentes. En tiempos de crisis, los profetas serían la voz de alerta y a la vez el canto de esperanza que daría un sentido a los acontecimientos de la historia.

Para los lectores de hoy


¿Qué enseñanza podemos extraer los lectores de hoy de estos relatos? Ante todo, una desmitificación, como ya hemos visto, de cualquier figura humana, por muy heroica y atractiva que sea. Ni los reyes ni los héroes son dioses. Pecan, fallan y se equivocan como cualquiera de nosotros.

En segundo lugar, también vemos una crítica realista de los regímenes políticos. La confederación tribal, una especie de república libertaria, donde todos hacían lo que querían, no funcionó. Pero la monarquía autoritaria, con un poder centralizado y una organizada administración, tampoco. La libertad de las tribus cayó en la anarquía más sangrienta. La monarquía se hundió en la corrupción y las intrigas políticas. No podemos idolatrar ninguna ideología o régimen político. Al final, todos son humanos y todos pueden fallar.

Esta visión crítica nos lleva a pensar que debe haber una instancia superior que controle el poder humano. Tanto el poder de los patriarcas tribales como el poder de los soberanos. Debe haber una Ley, unos valores, que rijan la vida de las sociedades humanas, y todos, desde el último criado hasta el rey, deben someterse a ella. Porque esa ley, finalmente, permitirá la justicia y la libertad. No es una ley tirana que esclavice, sino una ley liberadora que garantice la armonía y la convivencia. Como leemos en el Deuteronomio: «Porque este mandamiento que yo te prescribo no es superior a tus fuerzas, ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo como para decir: ¿quién subirá por nosotros al cielo y nos lo traerá, para que lo oigamos y lo pongamos en práctica? Ni está al otro lado del mar… La palabra está bien cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica» (Dt 30, 11-14).

Aún podemos ir más allá en nuestra lectura y aplicarla a nuestra historia personal. Todos tenemos etapas de “anarquía” y “monarquía” en nuestra vida. Épocas de alegre libertad y desorden, épocas de planes, trabajo duro y consolidación de proyectos, ya sean una empresa, nuestra familia, una carrera o profesión. Y todos podemos caer en la tentación de idolatrarnos a nosotros mismos y a nuestra obra, nuestros méritos y éxitos. La Biblia es un recordatorio que nos invita a no dormirnos en los laureles, ni a creernos semidioses que carecen de límites. Nuestra libertad tiene un límite. No todo vale, ni a cualquier precio. Todos podemos convertirnos en tiranos en potencia, abusar de los demás o ignorar sus problemas, centrándonos exclusivamente en nuestros intereses y beneficios. El ser humano tiene una tendencia a la apoteosis, es decir, a endiosarse. Cuidado, porque podemos caer estrepitosamente de nuestro pedestal.

De todos modos, el lector de hoy puede rebelarse ante la lógica deuteronomista. No nos gusta esa dinámica de la obediencia-premio, desobediencia-castigo. Nos parece propio de una religiosidad infantil y fundamentalista. Quizás deberíamos hacer un poco de esfuerzo para comprender esta mentalidad en su contexto original y ver cómo podríamos trasladarla a nuestra realidad actual.

Pensemos que las historias de los reyes bíblicos, tal como las leemos hoy, fueron recopiladas en tiempos de crisis y exilio. Era necesario dar un sentido a la historia, un significado que pudiera iluminar el presente. La fe de Israel descansaba en un Dios compañero de camino y liberador, el Dios que había sacado al pueblo de Egipto y lo había conducido a la Tierra Prometida. La esclavitud y el exilio dieron al traste con todo.  Quizás para un contemporáneo una opción sería dejar de creer en Dios. Para los antiguos israelitas no cabía esta opción. Tampoco cabía la opción de un Dios malvado o contradictorio. De modo que la “culpa” se desplazó al mismo pueblo. Esto, lejos de incapacitar al pueblo, le da un poder extraordinario: lo hace responsable de sus actos. La responsabilidad colectiva, tan presente en toda la Biblia, aparece con toda su fuerza. Dios siempre está ahí, ofreciendo su pacto; está en manos del hombre aceptarlo o no. Lo que suceda, finalmente, siempre será consecuencia de su libertad.

Aplicando esto a nuestra vida, es una llamada a ser libres y consecuentes. Todo cuanto hacemos y decidimos va a tener unas consecuencias que debemos aceptar y asumir. La fidelidad a la ley y a Dios se puede traducir en un compromiso con la vida y con unos valores a los que nunca deberíamos renunciar.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Arqueología bíblica

La arqueología es una disciplina que apasiona a profesionales y a aficionados. Pocas ramas de la investigación están envueltas en tanto romanticismo y literatura. Desenterrar ruinas del pasado es como excavar en el pozo de la conciencia colectiva de la humanidad, de algún modo es como ahondar en el conocimiento de nosotros mismos.

La arqueología tiene su prehistoria. Desde la antigüedad, Egipto ha fascinado y ha resultado atrayente por su cultura refinada. El mercado negro de antigüedades egipcias siempre ha sido muy activo; incluso se pensaba, antaño, que las reliquias egipcias tenían propiedades mágicas o curativas. Italia, por su rico patrimonio, ha sido otra cuna de la arqueología. Sobre todo a partir del Renacimiento, papas, nobles y personajes adinerados se aficionaron a coleccionar estatuas y otras antigüedades, encontradas a partir de obras o de excavaciones deliberadas. Otro lugar atractivo para viajeros y amantes de lo antiguo ha sido Mesopotamia ―los modernos Irán e Iraq― donde los arqueólogos han desenterrado las imponentes ciudades y monumentos de los imperios babilónico, asirio y persa. El Egeo y Grecia son otra diana de arqueólogos, por su relevancia histórica en Occidente. La aventura de Schliemann y su descubrimiento de Troya y Micenas han marcado un hito en la arqueología moderna. Por último, Tierra Santa, o Palestina, es otra meca de arqueólogos e investigadores. Durante unas décadas, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, floreció la llamada arqueología bíblica, impulsada por investigadores célebres como Petrie, Albright, Wright y Kenyon.  

El aliciente para muchos estudiosos era comprobar hasta qué punto la arqueología confirmaba los relatos de la Biblia, y viceversa: del mismo modo que Schliemann descubrió Troya Ilíada en mano, la Biblia podía ser una buena guía para identificar los yacimientos arqueológicos.

Este enfoque fue duramente criticado y abandonado a partir de los 80, en buena parte debido a que los hallazgos y su estudio minucioso con métodos científicos no confirmaban, precisamente, lo que narra la Biblia. Los arqueólogos, encabezados por el profesor W. G. Dever de Arizona, reclamaron la independencia de su disciplina e incluso propusieron eliminar el concepto de “arqueología bíblica”. Por otra parte, la crítica histórica en el estudio de la Biblia también condujo a considerar que todos los relatos bíblicos eran alegorías con un claro sesgo religioso. Por tanto, la mayor parte de hechos narrados en la Biblia no podían considerarse más que invenciones con una finalidad pedagógica.

Después de una etapa de suspicacias y alejamiento, las posiciones actuales, tanto de la arqueología como de los estudios bíblicos, son más equilibradas y conciliadoras. Se reconoce la autonomía de ambas disciplinas: una cosa es la arqueología y sus métodos y otra la exégesis bíblica. Pero al mismo tiempo se admite que pueden apoyarse y dialogar. La Biblia puede arrojar pistas valiosas a la hora de interpretar los hallazgos arqueológicos. Y, de la misma manera, la arqueología ayuda a comprender el contexto histórico real de los hechos narrados en la Biblia, con lo cual aporta una visión más completa para poder interpretar los escritos y su intención.

¿Qué nos dice la arqueología de los antiguos israelitas?

La conquista de la Tierra Prometida se ha cernido como telón de fondo a la hora de datar e interpretar muchos hallazgos en Palestina. Se han excavado numerosos tells o colinas donde se han desenterrado ciudades que aparecen en la Biblia. Se han descubierto restos de destrucción y de abandono en algunas. Sin embargo, a la hora de datar las ruinas han surgido los problemas. Si se tienen en cuenta la Biblia, las fuentes históricas y los hallazgos arqueológicos no siempre es fácil encajar todos los datos. Por ejemplo, se han encontrado tres ciudades que los investigadores han identificado con las bíblicas Jericó, Ay y Jasor. Según el libro de Josué, las tres fueron destruidas por los israelitas, y ciertamente los arqueólogos han confirmado su destrucción violenta, pero en fechas anteriores a las que se consideran más plausibles para el asentamiento de los israelitas en el antiguo Canaán. Si el éxodo, como parece, se produjo hacia el 1250 a.C., en esa época Jericó y Ay ya habían sido arrasadas y estaban deshabitadas. Jasor, en cambio, resulta interesante, porque en sus restos se evidencia una devastación total, con fuego intenso, y la mutilación de estatuas de dioses, algo que, en las fuentes literarias antiguas, solo se registra en la Biblia. El libro de Samuel habla de hechos similares, y todo parece indicar que en Jasor se produjo lo que podría corresponder al herem o exterminio religioso decretado por Yahvé en los relatos bíblicos.

Otro detalle problemático es que, normalmente, cuando un pueblo invade a otro y destruye sus ciudades, los restos arqueológicos evidencian algún cambio de cultura, ya sea en la cerámica, los enterramientos, las herramientas, etc. Este cambio no se ha detectado en las excavaciones palestinas.  Tampoco parece realista asumir que un puñado de esclavos fugados de Egipto, errantes durante años por el desierto, tuviera la potencia para armar un ejército impresionante, como lo narra el libro de Josué, y arrasara todo un territorio. Las fuentes históricas no bíblicas guardan un completo silencio respecto a la presunta campaña de conquista de Josué.

La misma Biblia sugiere que la conquista fue gradual, lenta y no completa. Los israelitas se mezclaron con la población local, convivieron con otros pueblos ―cananeos, amorreos, hititas, jebuseos, moabitas…― y fueron asentándose de forma más o menos pacífica en el territorio, a lo largo de un periodo prolongado de tiempo. No fue hasta los tiempos de la monarquía, bajo David, cuando Israel conquistó prácticamente todo el territorio y sometió a los pueblos vecinos. 


Hay otro dato interesante: el hallazgo en las zonas montañosas de Israel y Transjordania de numerosos yacimientos de la Edad del Hierro, es decir, asentamientos humanos a partir del siglo XIII y XII, no anteriores. Esto demuestra que fueron grupos que se asentaron en la región a partir de finales de la Edad de Bronce. Los yacimientos muestran pequeñas aldeas diseminadas, algunas de ellas circulares, como los campamentos nómadas. Las viviendas son pequeñas y cuadradas, con cuatro habitaciones, y responden al modelo que los estudiosos han llamado “casa israelita”, con corral-almacén y cocina en la planta baja y vivienda-dormitorio en el piso de arriba. Los restos de alimentos, curiosamente, muestran huesos de ovejas y cabras, propios de una cultura pastoril, pero no de cerdo.  Finkelstein y otros arqueólogos afirman que estas aldeas son una prueba del asentamiento progresivo de pueblos nómadas o seminómadas, posiblemente los primeros israelitas, en Canaán. 

En la foto: vista aérea de las ruinas de Siquem, centro neurálgico de las tribus israelitas y sede del templo de Baal-Berit, o Dios de la Alianza.

lunes, 18 de agosto de 2014

Samuel, el último juez

Sacerdote, profeta, juez: en Samuel se unen tres facetas que lo convierten en el segundo gran personaje del Antiguo Testamento después de Moisés, y en una figura de transición entre la era tribal y la monarquía israelita.

Los dos libros de Samuel relatan la fase turbulenta en que las tribus se debaten entre dos tendencias opuestas: la tribal y la monárquica. La situación política es de crisis profunda: amenazados y oprimidos por los filisteos y otros reinos vecinos, los israelitas corren peligro de extinción. Hasta el momento, el factor aglutinante ha sido cultural y religioso. La creencia en Yahvé los une y el pacto entre tribus se renueva anualmente con los cultos celebrados en los santuarios de Siquem. Cuando esta ciudad es destruida, se desplaza el culto a Shiló.

Más que un estado o una nación, Israel es una comunidad, unida por una misma fe. Pero esta fe también se ve amenazada por la corrupción de sus sacerdotes. El sacerdote Elí es justo, pero no sus hijos. Los hijos de Samuel tampoco serán íntegros como su padre y se dejarán comprar a cambio de favores y dinero. Al declive político se suma la degeneración religiosa.

Un acontecimiento precipita la crisis: la caída de Shiló. El libro de Samuel nos relata que los filisteos y los israelitas están en guerra. Estos deciden llevar el Arca de la Alianza a la batalla para que la presencia de Dios los ayude a vencer a sus enemigos. Pero sufren una contundente derrota y los filisteos se llevan el arca, como trofeo de guerra, a sus ciudades.

Los restos arqueológicos muestran que, en efecto, Shiló fue destruida, posiblemente a manos de los filisteos. En la Biblia tampoco se vuelve a mencionar la ciudad hasta mucho más tarde, cuando Jeremías recuerde «lo acaecido en Shiló». De modo que nos encontramos con un pueblo derrotado, acosado por sus enemigos, con su santuario central destruido y despojado del arca sagrada que contiene la presencia de Dios. Samuel, sacerdote sucesor de Elí, es el líder que los aglutina en estos tiempos revueltos.

El primer profeta

La infancia de Samuel está rodeada de señales. Es hijo de una mujer estéril, fruto de sus oraciones insistentes a Dios. La madre, Ana, lo consagra apenas nacer. Su cántico de alabanza recuerda mucho el Magníficat de María en el evangelio de Lucas, posiblemente es la adaptación de un antiguo poema de exaltación de los pobres de Yahvé: Dios favorece a los pequeños, a los humildes y a los desposeídos de la tierra, a los desvalidos y a las mujeres infértiles, como ella.

Cuando Ana desteta a su hijo, lo lleva al sacerdote Elí para que se eduque con él y sirva a Yahvé. El niño crece bajo la sabia tutela de Elí y ante el mal ejemplo que dan los dos hijos de este, Hofní y Fineas, que son corruptos. Samuel no se deja pervertir: «el muchacho Samuel, en cambio, crecía y era bueno, delante de Yahvé y de los hombres» (1 Samuel 2, 26).

La llamada de Samuel es un episodio muy conocido. Una noche, el joven escucha una voz que lo llama: ¡Samuel, Samuel! Pensando que es el anciano Elí, acude a su lado hasta tres veces. El viejo sacerdote lo advierte: esa voz viene de lo alto. La próxima vez, debe responder «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Efectivamente, Dios habla al muchacho y le avisa: castigará a la casa de Elí por su corrupción. A instancias de Elí, Samuel revela la visión a su maestro. Desde entonces, dice el relato, «Yahvé lo favorecía y no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras. Todo Israel, desde Dan hasta Beersheva, supo que Samuel era reconocido como profeta de Yahvé. Yahvé continuó mostrándose en Shiló, porque se revelaba a Samuel» (1 Samuel 3, 19-21). 

El último juez

Samuel inaugura la tradición profética en Israel, pero además ejerce como juez. Tras la caída de Shiló y la pérdida del arca, se suceden unos años agitados. El arca es tan poderosa que atrae toda clase de maldiciones y plagas sobre las ciudades filisteas donde se conserva, así que los filisteos la van llevando de un lugar a otro hasta que, por fin, deciden devolverla a los israelitas. Pero las ciudades de Israel tampoco se libran de las calamidades. Por fin, Samuel convoca al pueblo en Masfá y lo exhorta a dejar la idolatría y el culto pagano a los baales y astartés. De esta manera, Dios favorecerá a su pueblo. Viendo a los israelitas reunidos, los filisteos deciden aprovechar para atacarlos. Aquí Samuel toma el mando como juez y anima al pueblo a luchar, ofreciendo sacrificios a Yahvé. Yahvé hace caer una gran tronada sobre la tropa filistea y los israelitas infligen a su enemigo una gran derrota. Dice el autor bíblico que «los filisteos no volvieron a entrar en territorio de Israel. Durante toda la vida de Samuel, la mano de Yahvé estuvo contra los filisteos» (1 Samuel 7, 12-13).

El sacerdote

Samuel ejercía como juez y sacerdote en varios santuarios. Durante el año se iba desplazando por Betel, Gálgala y Masfá, «y juzgaba a Israel en todos aquellos lugares. Su punto de retorno era Ramá, donde tenía su hogar, y allí también juzgaba a Israel» (1 Samuel, 15-17).

La función sacerdotal de Samuel se ve reflejada no solo en el culto a Yahvé, sino en el gesto de ungir a los futuros reyes del pueblo. El acto de ungir con óleo sagrado era tradicional en los reinos en el antiguo Oriente Medio. El ungido era el elegido por Dios, favorecido por él para ejercer su misión como gobernante del pueblo.

Como la Biblia relata, no faltaban en tiempos de Samuel los sacerdotes corruptos, que se dejaban comprar por dinero y se acostaban con las mujeres que acudían a rezar y a hacer ofrendas. Con su mal ejemplo, escandalizaban a las gentes y las alejaban de Dios. El autor bíblico denuncia estas malas prácticas en boca de un personaje anónimo que increpa a Elí y le vaticina un trágico final para sus hijos: «tus hijos Hofní y Fineas morirán en un solo día. Pero promoveré un sacerdote fiel, que actuará de acuerdo con mi voluntad y mi deseo» (1 Samuel 2, 24-25).

Samuel es la imagen ideal de un sacerdote íntegro: fiel a su misión, incondicional de Yahvé, honesto ante los hombres, es bendecido por el favor divino y su palabra profética es sabia y nunca falla.

Monarquía vs. Teocracia

En la historia de Samuel y los primeros reyes, Saúl y David, convergen dos tradiciones distintas que los autores bíblicos han yuxtapuesto, reflejando así la controversia. Si antes la tensión del pueblo era religiosa, entre el naturalismo cananeo y el yahvismo nómada, ahora la tensión es política: entre la teocracia y la monarquía.

En el libro de los Jueces ya vimos dos intentos de monarquía. Gedeón, tras su victoria contra los madianitas, es propuesto como rey, pero su respuesta es contundente: «solo Yahvé es el rey de Israel». En cambio, su hijo Abimelec fuerza una monarquía en Siquem, que acaba en desastre. Por tanto, ya vemos que el paso de la confederación tribal a la monarquía tiene dos precedentes poco favorables.

Ahora nos encontramos con dos versiones del nombramiento de Saúl como rey. La primera versión de su nombramiento como rey es la llamada fuente de Saúl, y relata que Samuel lo unge en un acto privado, casi en secreto.

Samuel tomó la jarra de aceite y lo vertió sobre Saúl. Después lo besó y le dijo: ¿No es cierto que el Señor te ha ungido como soberano de tu pueblo? […] El Espíritu del Señor se apoderará también de ti y harás como aquellos profetas. Desde ese momento te convertirás en otro hombre. […] Ya puedes hacer lo que convenga, porque Dios estará contigo. (1 Samuel 10, 1-8)

Según esta versión, posiblemente cercana a la tribu de Benjamín, a la que pertenecía Saúl, el rey es visto como la esperanza de su pueblo, un nuevo salvador al estilo de Moisés, enviado por Dios para liberar a Israel de sus enemigos. Saúl es un joven de la tribu de Benjamín, un campesino robusto, dotado de un físico espléndido y un carácter brioso, y tocado por el espíritu divino: de tanto en tanto entra en éxtasis y se pone a profetizar. Cuando los amonitas atacan a Israel y piden ayuda, él monta en cólera y reúne a las tribus para combatirlos. Obtiene una victoria aplastante y entonces el pueblo le ofrece la corona. Saúl lo tiene todo para convertirse en un líder popular: es carismático, apuesto, valiente, cercano al pueblo y amado por las gentes.

En cambio la segunda versión, llamada fuente de Samuel, recoge las reticencias de ciertos sectores de las tribus ante la figura de un rey. Aquí, Samuel aparece reacio a la monarquía y el autor bíblico pone en boca de Yahvé esta respuesta: «No es a ti a quien rechazan, sino a mí» (1 Samuel 8, 7). Samuel accede a regañadientes, convoca a los hombres y, en una especie de sorteo, elige y nombra a Saúl como rey. Ahora bien, avisa de los riesgos que conlleva un régimen monárquico con palabras muy certeras (1 Samuel 8, 11-18):

Así os gobernará el rey: tomará a vuestros hijos para que lleven sus carros de guerra y escolten su carroza. Los nombrará oficiales de cien o de cincuenta hombres. Les hará labrar sus propios campos y segar sus propios sembrados, y les obligará a fabricar sus armas y los arreos de sus carros de combate. Os quitará a las hijas para hacerlas perfumistas, cocineras y panaderas. Se apropiará de los mejores campos, de las mejores viñas y los mejores olivares para darlos a sus cortesanos. Exigirá el diezmo de vuestras cosechas y de vuestras viñas para pagar a sus funcionarios y cortesanos. Requisará a vuestros criados y criadas, a vuestros mejores mozos y a vuestros asnos y los ocupará en trabajos públicos.  Se quedará con el diezmo de vuestros ganados y vosotros mismos seréis sus esclavos. El día que esto ocurra, os quejaréis del rey que habéis elegido, pero el Señor no os escuchará.

Esta segunda fuente se enmarca dentro de la tradición deuteronomista, crítica con la monarquía. Además, la revisión final del texto se da en la época del exilio, cuando Israel ya ha caído ante Babilonia y se conoce el trágico fin del reino. Como señalan algunos biblistas, la sombra del futuro se alarga hacia el pasado, presagiando que la monarquía, aunque nace con signos prometedores, no será definitiva en la historia de Israel.

La historia de los reyes de Israel, reflejada en los libros de Samuel y Reyes, no será un compendio de hazañas y panegíricos, como sucedía con las crónicas de otros monarcas de la antigüedad. La Biblia no se recata en mostrar los aspectos más humanos, los defectos y debilidades de sus líderes. No son dioses ni semidioses, como los faraones o los reyes babilónicos. Son hombres, mortales y falibles, cuyo poder es temporal y efímero. El verdadero monarca, nos viene a decir la Biblia, sigue siendo Dios.

Epopeyas y héroes

Desde un punto de vista literario los relatos de los libros de Samuel y Reyes son fascinantes. Podríamos decir que son novelas históricas de la antigüedad. Recogen fragmentos de la épica oral, crónicas de la monarquía ya establecida, leyendas populares y tradiciones del profetismo. Sus autores anónimos lo refunden todo dando lugar a una narrativa llena de color y humanidad. Sus personajes son complejos y ambivalentes. Tanto en Saúl como en David encontramos rasgos nobles y heroicos, aspectos que nos los hacen simpáticos y atractivos, pero también descubrimos sus sombras y sus pasiones más oscuras: celos, mentira, traición, crimen. También Samuel, que es un compendio de varias corrientes, resulta un personaje muy rico. Su concepción y nacimiento ya están marcados por Dios. Su llamada es la de un profeta: Dios mismo le habla y le revela su vocación. Su vida es azarosa y a menudo se debatirá entre lo que él considera justo y lo que las circunstancias le obligan a hacer. En ocasiones, su lealtad y el sentido del deber chocarán con sus sentimientos… Samuel, como Moisés, será fiel a su misión hasta la muerte, y recibirá el reconocimiento de su pueblo.

Esta humanidad de los personajes bíblicos distingue la épica yahvista: los héroes son ensalzados… pero no se disfrazan sus defectos. Incluso parece que se quiere hacer especial hincapié en sus flaquezas humanas. El héroe final de esta épica, como lo indica el nombre, es Yahvé. Esta es la particularidad del pueblo hebreo y de su gran libro. Por su historia desfilan muchos personajes, pero el protagonista último es Dios.

En una época similar surge también la épica griega. Una vez caída la civilización micénica, en la llamada Edad Oscura, los bardos ambulantes recorren pueblos y ciudades recitando poemas que hablan de un pasado heroico y brillante. Los héroes de la épica griega ―sobre todo si nos centramos en la Ilíada y la Odisea― también son humanos, complejos y ambivalentes. En este sentido, se puede establecer una semejanza entre ambas épicas, la yahvista y la helénica. El factor humano es central y posee un peso y una calidad insuperables. Pero la cosmovisión que subyace en ambas diverge.

En el mundo griego, los dioses juegan a capricho con las vidas de los hombres. El destino final del ser humano es trágico: los dioses lo dictan, la muerte es el fin y no hay en ella nada de glorioso ni esperanzador. La única salvación posible es perdurar en la memoria gracias a las proezas realizadas. Ahí está la grandeza humana, aunque su voluntad no sea más que oleaje estrellándose contra el acantilado inexorable de la muerte.

En el mundo semita, también la muerte pone fin a la singladura humana. En la mayor parte del Antiguo Testamento no se menciona ni se espera una vida más allá. Es en la vida terrena donde el hombre cifra su esperanza. Siempre que lo desee, puede cambiar de actitud, convertirse y modificar su destino. No es el juguete de ningún dios. Es curioso que el Dios todopoderoso de los hebreos sea justamente el que menos poder ejerce sobre su criatura. Al hacer al hombre libre renuncia a su poder sobre él y continuamente tiene que ir corrigiendo sus planes. De modo que lo que nos encontramos en la Biblia es una visión del hombre como ser libre, autónomo y responsable de sus actos. No es víctima del destino ni está a merced de los hados. En lenguaje moderno, podríamos decir que Dios lo empoderaempowers― y le da una capacidad de decisión comparable a la suya misma. El ser humano, según la Biblia, fluctúa entre la humildad de saberse barro animado y la grandeza de saberse libre, semejante a Dios. La cosecha que recoja no será regalo de la fortuna ni maldición de una deidad irritada, sino la consecuencia justa de sus actos.

Los modernos ídolos

La controversia antimonárquica del libro de Samuel nos puede hacer reflexionar, hoy, sobre nuestras idolatrías humanas. El hombre es amigo del pedestal y, desde siempre, a lo largo de la historia, ha tendido a idolatrar a reyes, caudillos, liberadores o profetas. A todos nos vienen a la mente personajes contemporáneos que se han convertido en verdaderos ídolos de multitudes, tan venerados en vida como tras su muerte. Ya no solo líderes nacionales, dictadores o guerrilleros, sino cantantes, futbolistas, actores, artistas o literatos. Algunos son personajes ejemplares, otros controvertidos. Casi todos ellos poseen valores notables, por más que discutibles; algunos han dado la vida por una causa; otros, lamentablemente, han dejado tras de sí una cosecha de sangre. Hay quienes son amados por todos, otros son tan admirados por unos como odiados por otros.

La Biblia nos recuerda que, por más heroicos o loables que nos resulten, todos estos personajes son humanos. No son dioses. Tan falibles como nosotros mismos, tan merecedores de respeto como indignos de adoración. Pueden ser grandes, pero no divinos. Pueden ser ―no siempre― modelos, pero no absolutos. Quizás una actitud más sana sería abandonar las exaltaciones y adoptar una actitud lúcida y realista hacia nuestros héroes. Extraigamos de ellos lo bueno que se puede aprender y sepamos cribar lo que no es tan modélico. Seamos más aprendices y menos fans.

domingo, 27 de julio de 2014

Los jueces

Después de Josué, la Biblia sigue relatando la historia de las tribus de Israel establecidas en la Tierra Prometida. Es un periodo azaroso, de inestabilidad y alternancia de periodos pacíficos con otros de guerras y enfrentamientos. Los israelitas no siempre conviven pacíficamente, ni entre ellos mismos ni con sus vecinos.
 
Los relatos del libro de los Jueces se cuentan entre los más conocidos de la Biblia. Llamativos, crudos, algunos de extrema violencia, han dado pie a numerosas adaptaciones literarias y cinematográficas. Muchos de estos relatos proceden de leyendas y tradiciones antiquísimas: beben de la épica oral y sus protagonistas son héroes populares muy atractivos y también muy humanos, con defectos y debilidades que los alejan mucho de ser santurrones o modelos de rectitud moral.

Los redactores finales del libro, sin embargo, son los autores de la escuela deuteronómica. Como en otras ocasiones, nos encontramos aquí con una obra de encaje: los viejos relatos épicos han sido colocados y dispuestos en un marco ideológico. En el capítulo anterior hablábamos de la historiosofía de la Biblia. Pues bien, aquí de nuevo encontramos que las aventuras de los jueces se enmarcan en el esquema de pensamiento deuteronómico.

Héroes y villanos

En el libro encontramos relatos sobre doce jueces, seis mayores, cuya historia se cuenta con mayor detalle, y seis menores. Veamos el contenido a grandes rasgos.

El capítulo 1 nos pone al día sobre la situación política de Israel, cómo se han situado las tribus y el territorio que falta por conquistar, así como los pueblos y reinos vecinos que los rodean.

El capítulo 2 expone los presagios del ángel de Yahvé. Esto es un añadido de los autores finales del libro, donde se recuerda lo que Dios ha hecho por su pueblo y se predice su futura infidelidad y sus vicisitudes. Este capítulo nos da las claves para interpretar el mensaje teológico del libro.

En el capítulo 3 encontramos a los primeros libertadores. Aquí destaca la historia de Ahod, juez que se enfrenta a los moabitas y pasa cuchillo a su rey con alevosía y trampa, en una escena no exenta de toques de humor negro.

Los capítulos 4 y 5 relatan la historia de Débora, una juez mujer, y Barak de la tribu de Neftalí, contra Jabín, rey de los cananeos y su general Sísara con sus novecientos carros de  combate. El canto de Débora es uno de los fragmentos más antiguos de la Biblia, con versos de gran vigor y belleza.

Los capítulos 6 al 9 explican las aventuras de Gedeón, el que quiso poner a prueba a Dios para confirmar su apoyo. Gedeón pelea contra una coalición de madianitas y nómadas montados a camello liderando un ejército muy inferior, de tan solo trescientos hombres. Vence, con astucia, ataque sorpresa… y la ayuda de Dios, por supuesto.

El capítulo 9 relata la historia de Abimélec y la revuelta de Siquem. Abimélec, hijo bastardo de Gedeón, conspira por el poder, logra atraer a su favor a la clase dominante de Siquem y emprende una matanza para librarse de todos sus hermanos. Consigue dinero, arma un ejército de mercenarios y se autoerige como rey. La experiencia de Abimélec es un primer ensayo de monarquía: «¿Qué es mejor para  vosotros, que os gobiernen setenta personas, los hijos de Jerobaal, o un solo hombre?» (Jueces 9, 2). Pero su reinado es efímero y acaba de forma desastrosa, con guerras y masacres de los oponentes que se alzan contra él.

En los capítulos 10 al 12 se relata la historia de Jefté, hijo de una prostituta y jefe de una banda de proscritos, que encabeza la lucha contra los amonitas que amenazan a Israel y se convierte en héroe. Su victoria resulta muy amarga por la trágica promesa que hace ante Yahvé, que le obliga a sacrificar a su única hija. El relato se hace eco de una costumbre cananea, el sacrificio humano, que posteriormente Israel había de rechazar.

 La historia de Sansón, uno de los héroes más celebrados, ocupa los capítulos 13 al 16: es el hombre consagrado a Yahvé, que goza de una fuerza sobrehumana y se convierte en el azote de los filisteos. Pero su gran debilidad, las mujeres extranjeras, lo lleva a la perdición.

Del 17 al 18 se nos relata la historia de Micá y su santuario idolátrico.

En los capítulos 19 al 21 encontramos otro relato sangriento: el de la concubina de los levitas violada y muerta por los y la venganza de todas las tribus contra los de Benjamín.

Muertes, violaciones, traiciones, guerrillas, proezas y escaramuzas: ¡la acción está servida! El libro de los Jueces termina con una frase que la profesora Christine Hayes califica de genial, y ciertamente lo es, ya que puede interpretarse de mil maneras. Dice así: «En aquel tiempo no había rey en Israel. Cada cual hacía aquello que le parecía bien».

Marco histórico

Leyendas y personajes aparte, el libro de los Jueces nos está retratando un panorama muy complejo de Canaán entre los años 1200 y 1000 a.C. Tenemos un mosaico de tribus y pequeños reinos, a veces aliados, a veces enemigos. A su alrededor, los grandes imperios entran en decadencia. Egipto pierde su hegemonía, Hatti (los hititas) sucumbe por presiones externas e internas y desaparece como potencia. En Mesopotamia, los asirios van ganando poder. El reino de Mittanni (Siria) es un estado tapón entre los babilonios, los asirios y los territorios de la costa. En el Egeo, la civilización micénica se hunde para desaparecer. Y por todo el Mediterráneo oriental los llamados pueblos del mar hacen de las suyas, arrasando, saqueando y poniendo en jaque a reinos e imperios.  Entre ellos se cuentan los filisteos, que se establecen en el sur de Canaán y crean una poderosa red de ciudades que domina el comercio marítimo, la pentápolis filistea.

Las tribus de Israel forman una confederación. Las une la fe en Yahvé y un pacto de mutua defensa y cooperación en caso de guerra. Aparte de esto, cada una se gobierna a su manera. Los ancianos ejercen un papel de autoridad, y de tanto en tanto surge un líder carismático que puede hacer las funciones de juez pero también de capitán guerrero si hace falta. La palabra juez en la Biblia no tiene un sentido exclusivamente legal. Juez, en realidad, es un líder del pueblo que se alza en momentos de especial dificultad para afrontar al enemigo, armando una tropa, o para dirimir litigios especialmente graves. 

No sabemos si las tribus eran doce exactamente. La Biblia ofrece datos y nombres, en su afán por registrar los orígenes de cada grupo, pero todo esto son reconstrucciones más o menos ideales. Tampoco eran aliadas incondicionales. En los relatos de los Jueces vemos que a veces se enfrentaban entre ellas y, cuando había que plantar cara al enemigo, rara vez se unían todas. La convivencia no era fácil y, paradójicamente, la única vez que leemos que todas se unieran es para luchar contra una de ellas, la de Benjamín, de la que finalmente se apiadan.

En resumen, podemos decir que el paso de la Edad de Bronce a la de Hierro en Canaán se vivió en medio de una situación inestable, de alternancia entre guerra y paz, sincretismo religioso, mezcla de culturas y lenta consolidación de una identidad y una fe en Yahvé, el único Dios.

La famosa frase, «En aquel tiempo no había rey en Israel. Cada cual hacía aquello que le parecía bien», puede sugerir un ambiente de autonomía y libertad pero también de anarquía y violencia. Es una conclusión que prepara al lector para el próximo libro, donde se debatirá el tema de la monarquía.

Marco teológico: el mensaje

Las vicisitudes del tiempo de los jueces son el escenario perfecto para introducir el esquema de pensamiento deuteronómico, que podríamos resumir en esta dinámica:

  • Dios ha regalado la tierra a su pueblo, sellando una alianza con él.
  • El pueblo, ingrato y olvidadizo, se olvida de la alianza y se entrega a los cultos idolátricos de los pueblos vecinos.
  • La infidelidad acarrea la desgracia e Israel cae bajo las zarpas de sus reinos vecinos, que lo oprimen y le hacen la guerra.
  • Ante la opresión, Israel clama a Dios, este es compadece y suscita a un juez que liberará al pueblo y lo conducirá a la victoria contra sus enemigos. El pueblo será fiel y vivirá en paz durante unos años.

Este esquema se repite y es ideal para situar a los jueces, héroes queridos por la tradición popular, como liberadores que vienen de parte de Yahvé. Ellos son la mano de Dios, su misericordia y su apoyo manifiesto entre su pueblo. El mensaje, por otra parte, es muy claro: si eres fiel a Dios, él te defenderá. Si traicionas la alianza y adoras a otros ídolos, caerás en la desgracia. Pero Dios, si clamas a él, terminará compadeciéndose.

El mal comportamiento de los israelitas volvió a ofender a Yahvé; daban culto a los baales, a los troncos sagrados, a los dioses de Aram, de Sidón, de Moab, de los cananeos y los filisteos. Abandonaron a Yahvé y no le daban culto. La severidad de Yahvé se inflamó contra Israel y los dejó en poder de los filisteos y los amonitas. Desde entonces, inquietaron y oprimieron a los israelitas durante dieciocho años… Entonces los israelitas clamaron a Yahvé, diciendo: Hemos pecado contra ti, hemos abandonado a nuestro Dios y hemos dado culto a los baales. Yahvé respondió: ¿No os oprimieron ya los egipcios, los amorreos, los amonitas…? No quiero salvaros de nuevo. Id a invocar a los dioses que habéis escogido… Los israelitas respondieron: Es verdad, hemos pecado. Pero ahora, por favor, sálvanos. Y arrojaron lejos de ellos a los dioses extranjeros para dar culto a Yahvé. Entonces a Yahvé se le hizo insoportable el sufrimiento de Israel. (Jueces 10, 6-16).

La fidelidad trae la paz y la prosperidad; la infidelidad, es decir, la idolatría, comporta la guerra y la pobreza. El mensaje es claro y contundente. Quiere provocar en el lector una respuesta. La experiencia del pueblo sirve para reforzar el argumento. La fidelidad a Dios conlleva la unión de las tribus, la fuerza y la victoria.

El mensaje, hoy

¿Qué nos puede decir este libro a los lectores contemporáneos? La crítica fácil es considerar que estos relatos aúpan el chovinismo y el fanatismo religioso. También es fácil decir que está asentando una moral del premio y el castigo y quedarse ahí. De nuevo convendría recordar el contexto en que fue escrito y cómo ese mensaje puede tener un sentido en la realidad de hoy.

En el contexto del exilio en Babilonia, donde la intención de los autores bíblicos era unir a un pueblo desterrado y disperso, se entiende que la fidelidad era clave para mantener la unión y la identidad. Los reinos extranjeros son la potencia dominante, la que los ha deportado y los somete. En un ambiente foráneo es fácil perder las costumbres tradicionales e incluso adoptar otra religión, sobre todo cuando existe presión por parte de los gobernantes. Ahí es donde Israel se alza con su rebeldía: no quiere dejar de ser él, no quiere perder su identidad. Y siente que posee una fuerza interna que no viene de sí mismo, sino de Alguien mayor, una presencia que jamás lo ha abandonado del todo y que lo apoya y sostiene en los momentos de dificultad. Esa presencia que da coraje, aliento y vida es el único Dios, sin nombre, sin imágenes y sin cultos exóticos, no vinculado a una tierra, porque toda la Tierra es suya, ni a un rey ni a un templo, porque su auténtico reino es el corazón humano y su imperio es el universo entero. Por eso Yahvé pide, ante todo, fidelidad exclusiva y amor indiviso.

Fidelidad. ¿Acaso no es un valor que también podemos aceptar hoy? En nuestra vida, y en cualquier proyecto, la fidelidad a nuestros principios y valores, la perseverancia en nuestra misión, la fe en las metas que nos proponemos, la lealtad hacia nuestros familiares y seres queridos, ¿no es esto lo que nos consigue el éxito y las mayores gratificaciones? En cambio, la dispersión, dejarnos influir por unos y otros, dar más importancia ―dar culto― a lo que realmente no la tiene, nos quita energías, nos confunde y termina perdiéndonos e incluso enfermándonos. Fidelidad a unos valores y a unas personas, frente a las mil y una distracciones que nos ofrece un sistema consumista, no deja de ser un mensaje potente y válido para el siglo XXI. Y para ser fieles, como lo hicieron los jueces, hay que desinstalarse de la comodidad y armarse. Armarse de valor, de paciencia, de resolución y capacidad de sacrificio. La victoria ―conseguir nuestros objetivos, culminar un proyecto, alcanzar una vida digna y plena― bien lo vale.

Yahvé vs. Baal

Unas anotaciones sobre el conflicto religioso subyacente en este libro. Si volvemos al contexto histórico de las tribus israelitas, asentadas en la tierra prometida, y ahondamos un poco en lo que debía ser su vida cotidiana, entenderemos mejor la polémica Yahvé-ídolos.

El yahvismo surge en un contexto nómada, en el desierto. Dios es el compañero, el protector durante el camino. El Dios de la historia y del éxodo es un buen apoyo para una etapa de provisionalidad y de cambio. Pero, ¿qué sucede al llegar a la tierra que mana leche y miel?

Canaán es una cultura agraria. La naturaleza es más generosa que en el desierto y las gentes dependen de la tierra, la lluvia y el sol benefactor para poder sobrevivir. Los dioses se encarnan en las fuerzas naturales y, como son caprichosos y volubles, deben ser aplacados. De ahí que la religión que se desarrolla contemple una serie de rituales y liturgias que, mediante la imitación de las batallas cósmicas entre dioses, consigan atraer su favor hacia los mortales. El, Baal, Astarté, Anat y otras deidades pueblan los cielos y su fuerza atrae la lluvia, el viento, el sol y la fertilidad de los campos. La cópula sagrada entre Baal y Astarté garantiza que la tierra dé sus frutos; por tanto, el acto sexual entre hombre y mujer es un rito que propicia una buena cosecha. De aquí surge la prostitución sagrada y una serie de cultos que practicaban los cananeos, con tanto fervor como afición. ¡Su supervivencia dependía de ello!

Los nómadas recién llegados del desierto debieron caer cautivados ante estas prácticas tan sofisticadas y atrayentes. ¿Cómo arriesgarse a perder la cosecha? La solución fue algo muy natural: el sincretismo. Para la vida cotidiana, el campo y las tareas del hogar, había que dar culto a los dioses cananeos. En situaciones de dificultad, peligro o guerra, Yahvé era el gran defensor. ¿Podía conciliarse la fe en Yahvé y el culto a los baales y asherás? Una gran parte del pueblo así lo hizo. En la Biblia encontramos pistas que apuntan a este sincretismo. Los mismos nombres de muchos personales contienen la desinencia –baal (como Jerobaal, otro nombre de Gedeón).

La controversia se desató con el movimiento profético, en los años de la monarquía, y posteriormente, en el exilio y el post-exilio. Si Yahvé es el único Dios, señor de la historia, ¿será también señor de la naturaleza y de las fuerzas vitales? Quizás en el pueblo llano no existía problema. Uno podía muy bien adorar a Yahvé y luego, en casa, tener sus pequeños ídolos para asegurar prosperidad, salud o un buen parto a su mujer. Se podía quemar incienso a Dios y erigir un poste a Baal; adorar al Dios liberador y a la Astarté madre de la fertilidad. ¿Por qué no?

Los profetas y los autores bíblicos llegaron a la conclusión de que ambas creencias eran incompatibles. ¿Por qué es irreconciliable el culto a Yahvé con el culto a los otros dioses?

Religión y sexo

Cito de los apuntes de Historia de Israel de un alumno de la Facultad de Teología de Catalunya:
A pesar de los intentos populares por unir la religión cananea y la fe mosaica, las dos eran básicamente incompatibles, puesto que las dos comprendían la relación del hombre con la divinidad de manera radicalmente diferente, encontrando expresión en visiones diametralmente opuestas del mundo. La oposición expresada en la frase «Yahvé contra Baal» se ilumina con el sexo.
En la religión cananea, el sexo estaba elevado al reino de lo divino. Los poderes divinos se revelaban en la esfera de la naturaleza, es decir, en el misterio de la fertilidad. Los dioses eran de naturaleza sexuada y se les daba culto con ritos sexuales. Las relaciones eróticas entre el dios y la diosa se escondían tras el ciclo siempre recurrente de la muerte y el renacimiento de la fertilidad, representado por la muerte y resurrección anuales de Baal. Este ciclo de la fertilidad, según la visión antigua, no tenía lugar por sí mismo, ni por medio de una ley natural. El propósito de la religión era preservar y controlar la fertilidad de la que el hombre dependía para su existencia y bienestar humano. Y puesto que la religión aspiraba a mantener la armonía y el ritmo del orden natural, era un medio aprovechable por la aristocracia que deseaba mantener su estatus social contra posibles cambios devastadores. El baalismo abastecía el deseo del hombre de encontrar seguridad en su entorno natural precario.
Según la fe de Israel, el poder de lo divino se revelaba en la esfera de la historia, es decir, en la maravilla de un acontecimiento irrepetible, el Éxodo, que fue la señal de la liberación de Dios a favor de su pueblo y el llamamiento a obedecerle dentro de la comunidad de la alianza. A diferencia de Baal, Yahvé no posee ninguna consorte a su lado, no es de naturaleza sexual ni hay que darle culto por medio de ritos sexuales. Es cierto que la fe de Israel no adopta una actitud negativa hacia el sexo, pues éste pertenece a la creación divina y, como tal, es santo. Pero aunque Yahvé es el señor de la fertilidad, no es un dios de la fertilidad al que se hace morir y renacer, sujeto a la muerte y a la resurrección del mundo natural. En la concepción de Israel, Yahvé es el Dios viviente que se revela a sí mismo en el área de la historia humana, donde la vida toca a la vida, donde las injusticias oprimen y donde se alimentan las esperanzas de liberación; donde los hombres están llamados a tomar decisiones que pueden alterar el curso de la historia.
Mientras la religión de Baal enseña a los hombres a controlar a los dioses, la fe de Israel insiste en servir a Dios con gratitud por su benevolencia y como respuesta a la tarea que él ha exigido a su pueblo. Yahvé no puede ser obligado por la magia, solo puede ser creído o traicionado, obedecido o desobedecido, pero su voluntad es siempre soberana.
Los líderes más inteligentes de Israel percibieron la oposición fundamental entre las austeras exigencias de Yahvé y la religión erótica de Canaán. Se formularon entonces esta pregunta: «El significado de la vida del hombre, ¿tiene que abrirse en su relación con los poderes divinos dentro de la naturaleza, o en su relación con el señor de la historia?». Esta pregunta fundamental no fue respondida de la noche a la mañana. La fe de Israel se encontró desafiada por su opuesta, la religión cananea. Hicieron falta muchas generaciones para que la fuerza y la exclusividad de la fe mosaica fuera percibida totalmente.
Si Dios es todopoderoso y fuente de todo ser, como él no puede haber más que uno. No hay otro poder en el mundo fuera del suyo. La magia es inútil. Todo está en sus manos. Por tanto, pide adoración exclusiva y sincera. Las ofrendas y sacrificios tampoco son necesarios, la única ofrenda es la consagración de la propia vida, la adhesión y la lealtad a toda prueba. ¿Cómo se demuestra? Con gratitud y guardando sus preceptos, que piden justicia con Dios y con los hombres. A Dios no se le puede comprar.

El monoteísmo es mucho más que un simple exclusivismo religioso. Entraña una visión de Dios, pero también del mundo y del hombre. Una visión donde el hombre lo recibe todo del Ser creador pero, al mismo tiempo, como ser creado a imagen de Dios, es libre. Esta libertad para decidir, para decir sí o no, le otorga un gran poder, pero también una responsabilidad enorme. Deberá acarrear con las consecuencias de lo que decida y asumir que todo cuanto haga tendrá un resultado. No hay buena ni mala suerte, tampoco hay un destino que predetermina el futuro. Hay, simplemente, libertad de elección.

Evidentemente, esta visión choca con una religiosidad vinculada a la magia y a los rituales propiciatorios, donde prima el do ut des, el intercambio de favores entre el hombre y la deidad y, finalmente, el capricho divino y el destino incierto que se escapa de las manos del hombre. Faltaría añadir que esta religiosidad es mucho más cómoda y fácil de seguir que la otra. El comercio y el trueque son muy humanos. El miedo al futuro y el deseo de controlar lo incontrolable son casi connaturales en nosotros. Admitir que con Dios no se puede regatear, que no podemos dominarlo y que, al mismo tiempo, somos responsables de buena parte de lo que nos sucede pide mucha humildad, coraje y madurez. Requiere una gran dosis de coherencia vital, y también de perseverancia. Pide mucha fe, fe entendida como certeza de lo que aún no es evidente. Pide valor y audacia. Y todos pecamos, en algún momento de nuestra vida, de miedo, engreimiento, impaciencia y ganas de aferrarnos a cualquier seguridad, aunque sea a un precio elevado. A todos nos resulta más fácil ser víctimas que asumir las consecuencias de nuestros actos. Todos somos idólatras alguna vez y nuestra fidelidad humana no puede compararse a la divina.  


Pero ahí está el Libro de los Jueces para recordarnos que, por mucho que nos alejemos de Dios, él siempre está dispuesto a echarnos un cable. Basta que elevemos hacia él nuestro clamor. No resistirá nuestras quejas y enviará un liberador. De carne y hueso, eso sí. Como en el éxodo, con Moisés, como en la conquista de la tierra, con Josué y sus camaradas, a Dios le gusta actuar con manos humanas.

domingo, 13 de julio de 2014

Josué: la conquista de la tierra

El ciclo de la Torá se ha culminado, pero la historia queda abierta: el pueblo aún no ha entrado en la Tierra Prometida. Se inicia ahora una colección de libros que la Biblia Hebrea llama Profetas (Nevi’im), y que el canon cristiano denomina históricos. Siguiendo el canon hebreo o Tanakh, los Profetas se dividen en:

·    Primeros profetas: Josué, Jueces, Samuel I y II, Reyes I y II.
·   Profetas tardíos: Isaías, Ezequiel, Jeremías y el Libro de los Doce (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías).

En los libros de los primeros profetas se relata la historia de Israel: la ocupación de la Tierra Prometida, la consolidación de las doce tribus, el establecimiento de la monarquía y la historia del reino, su división, sus conflictos y su conquista por parte de asirios y babilonios, hasta la deportación a Babilonia y el exilio. Estos libros toman la forma de una narrativa histórica que bebe de fuentes más antiguas, desde la tradición oral hasta las crónicas de los archivos reales.

Esta historia no siempre se ajusta a lo que la arqueología y los estudios posteriores nos revelan. De nuevo nos encontramos con que la noción de historia de la Biblia no significa un informe riguroso y exacto de los hechos, sino un relato que persigue encontrar un sentido a lo sucedido. Yehezkel Kaufmann habla de una historiosofía o filosofía de la historia. El autor deuteronómico no quiere tanto contar lo que ocurre sino por qué ocurre, y qué sentido tiene para el oyente o lector del relato. Para ello se vale de un patrón literario que se repite en los diferentes libros y que sirve de marco a los hechos narrados. Los académicos han identificado a un autor o grupo editor, la escuela deuteronómica, cuya visión se transluce en los libros que siguen al Deuteronomio: Josué, Jueces, Samuel y Reyes.

¿Quién escribe?

Los compiladores de la escuela deuteronómica escriben desde el exilio en Babilonia, y esto es importante para explicar su posición y su ideología. Como ya comentamos en el capítulo anterior, el mensaje que se quiere transmitir es, por un lado, dar una explicación a la desgracia sufrida por Israel y, por otro, llamar a la esperanza. El pueblo debe mantenerse unido, debe conservar su identidad y si es fiel a Dios podrá retornar a su patria. El origen de todos los males ha sido el alejamiento de Dios; si el pueblo se arrepiente y vuelve sinceramente de corazón a la fe en Yahvé, éste lo protegerá y le devolverá la posesión de la tierra. Hay una clara llamada a la fidelidad a Dios y a su ley: «Que este libro de la Ley no se aparte de tus labios. Medítalo día y noche, para poder cumplir todo cuanto está escrito, así tendrás éxito en todas tus empresas, todo te irá bien» (Jos 1, 8).

Varios rasgos distinguen a la escuela deuteronómica y nos dan pistas sobre sus intereses y tal vez sobre su origen:

·   Jerusalén es el lugar designado por Dios para que su nombre lo habite.
·   El rey es importante: garantiza la ley y mantiene unido al pueblo. Los autores deuteronómicos son los únicos que prevén una legislación bajo un monarca.
·   Se resaltan figuras campeonas de Yahvé, como los profetas Elías y Eliseo, férreos defensores de la pureza de culto y la oposición a cualquier sincretismo.
·     Hay una preferencia por el reino del sur, Judá, y su dinastía, la casa de David.
·    Los cananeos son vistos con tintas muy negras.

¿Qué cuentan?

En el libro de Josué se relata la conquista y el reparto de la Tierra Prometida entre las doce tribus. El relato se divide en dos partes: la primera es una serie de campañas victoriosas, donde Josué se va encumbrando como líder (Jos 1-12). La segunda parte explica el reparto de la tierra entre las doce tribus (Jos 13-22). El final contiene la despedida de Josué y la renovación de la alianza con Dios en Siquem (Jos 23-24).

Josué es presentado como un segundo Moisés, que conduce a su pueblo de victoria en victoria y va tomando una tras otra las ciudades cananeas. En todas las campañas se repite la dinámica: Dios marcha con su gente, al frente de la tropa, presente en el arca sagrada de la alianza. El enemigo sucumbe aterrorizado y Josué y los suyos capturan la ciudad, que someten al exterminio sagrado o herem, esto es, que todo lo pasan a fuego y espada para entregarlo como ofrenda a Yahvé. En el libro se repite como un estribillo esta frase: «Sé valiente y firme, no tengas miedo: Yahvé tu Dios está contigo allí donde vayas» (Jos 1, 9).

Además, en la historia de Josué se dan unos episodios paralelos a los de la vida de Moisés. En primer lugar, el pueblo cruza el Jordán. Como en el paso del Mar Rojo, Dios divide las aguas del río mientras los sacerdotes están allí, en el cauce seco, con el arca. El pueblo armado pasa al otro lado a pie enjuto. Cuando el arca se retira las aguas vuelven a su curso (Js 3, 14). Este paso es conmemorado con doce piedras que se levantan en la orilla, una por tribu, como memorial. Este cruce de las aguas, símbolo del origen primordial y también de las fuerzas destructoras, es como un bautismo previo al nacimiento o a la formación de la futura comunidad.

Josué también recibe una visión, similar a la de Moisés ante la zarza ardiendo. Pero esta vez no es una llamarada, sino la imagen de un hombre con una espada desenvainada: «Soy el jefe del ejército de Yahvé. Acabo de llegar» (Js 5, 14), dice el misterioso guerrero. Josué se postra ante él y se pone a su servicio. El hombre le ordena descalzarse «porque el lugar que pisas es sagrado». No se explicita qué mensaje le transmite, aunque podemos imaginarlo.

La primera conquista es la de Jericó, la ciudad de las palmeras. Dos espías son protegidos y ocultados por la prostituta Rahab. Cuando Josué emprende su ataque, lo hará de forma muy singular, siguiendo las instrucciones de Yahvé. Rodea la ciudad con sus tropas, pero delante marchan los sacerdotes, con el arca sagrada y tocando sus cuernos. Durante seis días dan una vuelta a la ciudad, y al séptimo día dan siete. Cuando toca el último cuerno, todos lanzan un grito de guerra y las murallas de Jericó caen derrumbadas. Entonces la tropa invade la ciudad y la arrasa. Solo Rahab y su familia se salvan del exterminio.

Entre conquista y conquista, Josué renueva la alianza en el monte Ebal, ante Siquem. Allí escribe una copia de la ley sagrada ante los israelitas, se lee ante el pueblo y se lanzan las bendiciones para quien la cumpla y las maldiciones para quien la transgreda (Jos 8, 32-35). Al final del libro esta alianza será renovada.

Un episodio célebre del libro de Josué es la detención del sol durante la batalla de Gabaón. Josué y su tropa están combatiendo a una coalición de cinco reyes cananeos. Dios ha enviado un fuerte granizo que ha matado ya a muchos y los israelitas emprenden su persecución para exterminarlos. Es entonces cuando Josué clama al cielo: «Detente, sol, en Gabaón; detente, luna, en el valle de Ayalón». Y el sol se detiene hasta que terminan con sus enemigos. «Como aquel día no ha habido ninguno jamás, ni antes ni después; Yahvé obedeció la voz de un hombre, Yahvé mismo combatía por Israel» (Jos 10, 14).

La idea del libro es clara: Dios entrega la tierra a Israel. Es él quien aterroriza al enemigo, quien combate por los suyos y los lleva a la victoria. «No temas, porque los pongo en tus manos» (Jos 10, 8). «No tengáis miedo, sed fuertes y valientes, porque es así como Yahvé actuará con todos vuestros enemigos, con quienes luchéis» (Jos 10, 25). Sin su ayuda, no hubieran podido conquistar la tierra. Y la conquista es aplastante y completa. Por tanto, Israel no debe dormirse en los laureles del triunfo. Ha de recordar que todo se lo debe a Dios y debe guardar su ley fielmente, «sin apartarse a derecha ni a izquierda» si quiere conservar lo que ha obtenido.

Ahora bien, ¿qué sucedió en realidad? Veamos la otra cara de la historia.

Canaán, tierra disputada

La arqueología no concuerda con el relato bíblico. No se han encontrado restos de ciudades destruidas hacia el s. XII a.C., cuando se supone que Josué emprendió sus campañas. Jericó ni siquiera existía como ciudad, había sido destruida anteriormente y si quedaba algo sería una aldea de cuatro casas.

Por otra parte, la misma Biblia se contradice. Hay ciudades que, según el libro de Josué, fueron conquistadas pero luego, en el libro de los Jueces, se afirma que seguían siendo cananeas. Dice el libro de Josué que Yahvé dio a Israel «todo el país que le había prometido dar a sus padres» (Jos 21, 43), pero más tarde veremos que no es así. Josué, al parecer, murió habiendo dejado mucho territorio por conquistar… ¿Qué ocurre aquí?

Historiadores, arqueólogos y biblistas han intentado trazar un panorama de Canaán en el s. XII para comprender mejor cuál era el contexto histórico de los israelitas y cómo debió producirse su ocupación de la tierra. Esto y la perspectiva de los autores deuteronómicos, desde el exilio, nos permitirá comprender mejor el sentido del relato.

Canaán es una estrecha franja de tierra, por la que reyes e imperios han combatido durante milenios… ¡y siguen combatiendo hoy! ¿Qué tiene este territorio? No es especialmente rico ni espacioso, pero es un lugar de paso estratégico. A caballo entre Asia, Europa y África, por allí pasaban, en la antigüedad, las rutas comerciales entre Mesopotamia, Egipto y Asia Menor. Por tanto, quien controlaba estos pasos, podía enriquecerse fácilmente. Egipcios, hititas, asirios y babilonios echaron sus zarpas sobre la tierra cananea, aliándose o guerreando con los reyezuelos locales.

En Canaán se pueden distinguir tres grandes zonas: la llanura costera en occidente, las montañas centrales y el valle del Jordán, entre el mar de Genesaret y el Mar Muerto. El monte Hermón, al norte, es el punto más alto, con casi 3000 m de altura. El Mar Muerto, al sur, es el lugar más bajo del planeta, con 400 m bajo el nivel del mar. Valles fértiles, montes abruptos, colinas, riberas frondosas y desiertos áridos conforman una geografía accidentada que no favorece precisamente la unidad. De ahí que la Tierra Prometida fuera habitada por un mosaico de tribus a menudo rivales y enfrentadas.

Variedad geográfica, diversidad étnica: en Canaán convivían agricultores sedentarios, mercaderes de las ciudades, pastores seminómadas de los montes, cananeos y muchos otros ―jebuseos, amorreos, fereceos, heveos, hititas, filisteos…―. La convivencia no era fácil y los enfrentamientos entre unos y otros eran frecuentes.

En medio de esta mezcolanza, ¿cómo surge Israel? Porque hay algo claro, como lo refleja la estela del faraón Merenptah rememorando su campaña cananea en el 1204 a.C.: entre todos esos pueblos los israelitas son un grupo ya diferenciado, con entidad propia. Tal vez un grupo pequeño, insignificante, posiblemente molesto y rebelde, pero ¡ahí está!

El nacimiento de Israel

La profesora Christine Hayes señala tres hipótesis que los académicos proponen para explicar el surgimiento de Israel como pueblo distinto del resto.

·    La migración. Israel nace del progresivo asentamiento de pastores nómadas que bajan de los montes a los valles, ocupando diversos asentamientos. Esto se produce en una época de convulsiones en el Mediterráneo oriental. El imperio hitita se derrumba, Egipto ha perdido la hegemonía de los tiempos de Ramsés II y la XVIII dinastía, los enigmáticos “pueblos del mar” se ponen en movimiento y asolan diversos reinos y ciudades. Es en ese contexto cuando los hebreos se movilizan. Sin embargo, los restos arqueológicos sugieren que la ocupación fue relativamente pacífica y que posiblemente se integraron con la población sedentaria cananea.

·    La revolución. Según algunos estudiosos, Israel surge de una revolución social en el seno de la población cananea. Un grupo rebelde y marginal, los llamados habiru en diversas fuentes escritas de la antigüedad, se desmarca de sus paisanos para abrazar una fe distinta en Yahvé, el dios liberador. Entre este grupo se encontrarían los descendientes de un grupo de esclavos fugados de Egipto.

·   La agregación de pueblos. Es la teoría mejor respaldada por la arqueología. Propone que gradualmente surge un grupo, entre los cananeos, formado por componentes diversos que rinden culto a Yahvé, un dios venido de las regiones del sur. Este grupo diferenciado está formado por labradores sedentarios, esclavos fugados de Egipto, pastores seminómadas, madianitas, kenitas y habiru. Todos ellos abrazan la fe en Yahvé y adoptan la historia del Éxodo y la liberación como propia, pero al mismo tiempo comparten la cultura local de su entorno. Así, vemos cómo muchos de los atributos de Yahvé son propios de los dioses del panteón cananeo, especialmente El y Baal.

La inquina de los israelitas hacia los cananeos puede ser interpretada como una auténtica rivalidad entre hermanos, del mismo origen pero disputando por la tierra y enfrentándose por cuestiones religiosos. El origen común explica también el afán por diferenciarse, por distinguirse y resaltar una identidad propia y fuerte. La fe en Yahvé es un lazo de unión interna y a la vez un sello distintivo, de ahí que los dirigentes del pueblo insistan tanto en la fidelidad al único Dios y el rechazo de la idolatría y el sincretismo.

El mensaje: con Yahvé venceréis

De todo esto podemos extraer el mensaje que los autores deuteronomistas propusieron a su gente. Dios es un Dios amante y celoso. Ofrece apoyo y victoria ante los enemigos, pero pide una lealtad exclusiva y sin concesiones. La historia lo demuestra: cuando el pueblo ha sido fiel, Yahvé ha coronado sus empresas con la victoria. Cuando ha sido infiel, ha sobrevenido el desastre. La promesa de la tierra se cumplirá si Israel es leal a su Dios. El pueblo es libre de decidir pero debe afrontar las consecuencias. En la alianza de Siquem, Josué pide a los suyos que se definan y renueven su compromiso:

Por tanto, creed en Yahvé y adoradlo sinceramente y en verdad, echad fuera los dioses que adoraban vuestros padres en Mesopotamia y en Egipto, y dad culto a Yahvé. Y si os parece mal adorar a Yahvé, escoged hoy a quién daréis culto: a los dioses que adoraron vuestros padres en Mesopotamia o a los de los amorreos, en cuyo país vivís. En todo caso, yo y mi familia queremos adorar a Yahvé. […] El pueblo contestó: No, queremos adorar a Yahvé. […] Así pues, tenéis que desprenderos de los dioses extranjeros que tenéis entre vosotros y entregar vuestro corazón a Yahvé, Dios de Israel. El pueblo dijo: Queremos adorar a Yahvé, nuestro Dios, y obedecerlo. (Js 24, 15. 21. 23-24)

Dios responde, renovando su alianza con el pueblo y recordándole todo cuanto ha hecho por él:

Vosotros sois testimonios de todo aquello que Yahvé, vuestro Dios, ha obrado con estos pueblos que tenéis delante, de cómo Yahvé, vuestro Dios, ha luchado él mismo contra ellos a favor nuestro. […] Vosotros, tal como Yahvé, vuestro Dios, os prometió, poseeréis su tierra (Js 23, 3. 5).

Desde la perspectiva del exilio, este relato es una llamada a los israelitas no desfallecer, a mantenerse unidos, a conservar la identidad propia y a esperar que, un día, regresarán a la tierra prometida.

Para un lector de hoy, el libro de Josué no deja de tener sentido si le quitamos buena parte del rigorismo religioso, la simbología ritual y la  violencia implícita. Sé firme y valiente, confía y el éxito coronará tu empresa es una buena máxima, válida para toda persona y en todo tiempo. La fidelidad, a Dios y a los propios principios y valores, es otro buen criterio para afrontar la vida. Fidelidad y coraje podrían resumir, en dos palabras, el mensaje que el libro de Josué nos puede ofrecer a los lectores de hoy.

Sobre los muros de Jericó y el exterminio sagrado

Dos apuntes sobre la espectacular toma de Jericó y este concepto tan incómodo: el herem o exterminio sagrado.

La toma de Jericó, como hemos visto, se parece a cualquier cosa menos a un asalto en toda regla. Las siete vueltas a la ciudad, desfilando con el arca sagrada y al toque de trompeta, ¿no recuerdan más bien la imagen de una procesión religiosa?

Posiblemente el relato está dando una forma literaria y épica a una fiesta ritual, como queriendo explicar su origen. Encontramos elementos sagrados ―el arca, que contiene la ley de Dios y su presencia―, rituales ―las trompetas, los sacerdotes― y gestos del pueblo ―caminar dando vueltas tras el arca, el grito unánime―. Podemos concluir que este episodio es una forma dramática de explicar un culto a Dios. El mensaje que nos lanza concuerda con el de todo el libro: no son las armas ni vuestro esfuerzo quienes os salvarán, sino la mano todopoderosa de Yahvé. Por tanto, la mejor arma es serle fiel, y él os entregará todo lo que deseéis.

En cuanto al exterminio sagrado, hay que señalar que no era exclusivo de Israel, ni mucho menos. En otros pueblos del Oriente Medio se practicaba como parte de las leyes de la guerra. Era una forma de aplacar a los dioses mediante ofrendas materiales del botín de guerra. La ofrenda es quemada y destruida para que los dioses la posean.

Los israelitas repudiaban ciertas formas violentas de castigo y sacrificio, entre ellas los sacrificios humanos habituales en otras culturas, como la cananea. En Israel esta costumbre toma un sentido religioso y de obediencia a Dios. Todo cuanto se ha conquistado se ofrece a Dios, a quien se atribuye exclusivamente la victoria, siguiendo la línea de los autores bíblicos.

En la práctica, como señalaría el sentido común, el botín se debía aprovechar y repartir bien, los cautivos serían vendidos o reducidos a la servidumbre y una parte, quizás el oro y las joyas, se destinaría a los sacerdotes y al culto.

Las escenas de destrucción y matanza son exageradas y simbólicas, igual que la toma de Jericó. Pasar las ciudades por el exterminio sagrado significa dedicarlas, consagrarlas a Dios. Sin concesiones a otros dioses ni a la ambición personal de los líderes. Porque la victoria la da Dios, el botín también es suyo.